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Apuntes de un Centinela: El México de los milagros

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El terremoto de hace una semana abrió una herida de 32 años que nunca cerró, que fue tratada con cariño y no con precauciones. Irónicamente el día que tantos años preparamos con simulacros se torno real e incomparable. Las nuevas generaciones lo experimentamos por primera vez, las del 85 quebraron en incertidumbre por los recuerdos de la tragedia.

A manera de testimonio personal, les comparto lo vivido durante el terremoto en el trabajo, en la colonia Roma Sur. Ni dos horas habían transcurrido del simulacro organizado por las autoridades de protección civil y encargados del protocolo. Destaco la dinámica de replegarse a las columnas e indicarnos la ruta de evacuación por el estacionamiento.

De no haber realizado el simulacro, la desesperación del piso 6 donde trabajo hubiera caído cual edificio de las zonas aledañas. Recuerdo haber escuchado la alerta sísmica minutos antes del gran desastre; se escuchó a lo lejos, desapercibida.

Sabemos la hora que cambió al destino de México como pueblo; pasó tan rápido que solo grité: “Está temblando, todos a las columnas”. Trabajaba sentado y repentinamente la silla saltó, en ese momento pronuncié la oración citada.

Percibí que el tiempo se detenía al darme cuenta cómo un domo de cristal caía del piso 12. Miré al frente, un edificio rojo en Avenida Baja California que solo está lejos de mi oficina por una calle friccionaba contra sí mismo.

Una redactora de espectáculos rezaba cada vez más desesperada, dicen que de rodillas frente a la columna. Yo permanecía de espaldas a dicha columna, mi jefe a un lado abrazando a la secretaria del director, como sosteniéndose a la vida.  Seguía el movimiento telúrico: el edificio produjo un ruido indescriptible, aterrador, devastador. Hubo movimientos arriba y abajo, izquierda a derecha; cristales tronaban y caían sobre la Avenida Baja California.

Justo en el momento más climático del rezo de la redactora de espectáculos, el inmueble crujió y se inclinó hacia adelante. En mi mente solo podría pensar en mi familia, en mis gatos, en qué pasaría si ahí terminaría mi andar por esta vida. No soy creyente y asumí que mi destino podría poner el punto final en ese momento, a las 13:15 horas que marcaba mi reloj. Enseguida y como coincidencia a aquella oración de la redactora, el movimiento telúrico cesó poco a poco.

El edificio volvía a su posición original milagrosamente. Unos breves segundos antes había volteado a ver hacia la ciudad ya que se observa parte de Reforma, Centro y Condesa. No pude creer lo que vi. A lo lejos una columna de humo y tierra nos demostraba que la magnitud de este terremoto había terminado con unas oficinas.

Mi jefe y yo vimos a lo lejos el derrumbe de Álvaro Obregón 286, pero lo sentimos tan cercano como la probabilidad de que no saliéramos vivos de la agencia. Apenas esto sucedió en menos de 120 segundos. Terminó el terremoto, pero en lo personal sigue moviendo todos mis nervios y existe un pánico indescriptible por volver a la Roma Sur.

 

Salida a la realidad

Evacuamos el edificio en cuanto concluyó el movimiento, lo hicimos por las escaleras; 89 escalones que parecían infinitos. Se formaron grietas en las paredes de esa zona y los barandales parecían de papel. En el tercer piso hay una grieta abombada que se nota sobre la calle de Tlacotalpan, por dentro pareciera que alguien golpeó fuerte la pared.

Salimos tal como el protocolo del simulacro lo recomendaba y nos agrupamos por piso con total nerviosismo. Mujeres y hombres llorando porque la naturaleza no distingue por género sino por la sensibilidad del alma. Afuera un olor a gas y pesadumbre invadía el aire de la colonia.

Observé el cielo; se notaba tan gris como las construcciones que cayeron cerca. Abracé a quien me lo pedía como consuelo para ambas partes. Un estallido: se acumuló el gas en una fonda cercana. Corríamos a donde podíamos, la tensión era cada vez mayor. De lejos notamos cómo el Metrobús bajaba gente sobre Insurgentes; la ciudad era el caos.

La unión, como la energía liberada por el terremoto, no se crea ni se destruye, se transforma. Vimos el uno por el otro, exigimos que apagaran cigarros, que no transitaran por las calles con olor a gas. Minutos después un estruendo confirmó el derrumbe en las calles de San Luis Potosí y Medellín, en la Roma Norte. Ambulancias y bomberos se trasladaban al lugar y más humo e incertidumbre agobiaban la zona.

La realidad apenas empezaba. Pocos días han pasado y seguimos buscando la esperanza de ver vida entre las ruinas; no tomará días ni semanas. Pasarán los meses para entender que ciertos lugares ya no estarán más ahí. Entenderemos que estamos vivos. Podemos creer si es un milagro, si fue una buena estrategia de seguridad, o lo que quieran.

A partir de esa tarde no solo le tememos a los temblores. La alerta sísmica repica en mi cerebro al dormir, a cada silencio, cuando recuerdo cómo sigo vivo tras el acontecimiento jamás experimentado.

El pueblo mexicano ha demostrado que tiene el poder, que se ha unido como hace tantos años no lo hacía. Los mexicanos se levantaron en palas, herramientas, picos, voluntad. ¿Han visto a algún funcionario removiendo escombros? ¿Cuándo visitará Peña los daños en la Ciudad de México?

El poder de los mexicanos no se contabiliza con votos, se mide por la unión ante una causa en común. Hoy nos une la tragedia, pero mañana nos unirá la esperanza.

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-Periodista en general. Distingo los múltiples ángulos de los hechos noticiosos y las aristas de la vida nacional. -Reportero de Empresas, Automotriz, Economía y Tecnología en "Fortuna y Poder". -Ex MILENIO Diario y ex Web Content Editor en Notimex.

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