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Días nublados

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Camino hacia mi destino, quizás el nuestro.

Miro al firmamento, como acostumbro hacerlo desde que me dijeron que las aves están encadenadas al cielo.

Me detengo, no hay ni una pizca de infinito, todo aquello que me impide ver el universo está forrado de nubes.

Comienza a caer el cielo, todos corren a tomar refugio, mientras que yo me detengo y sigo con mi cabeza arriba.

¡Al diablo el catarro, el cuerpo cortado y la congestión nasal! no pienso moverme de aquí, no rápidamente, me gustan mucho los días nublados, aunque no sé por qué.

Los días nublados me recuerdan a Londres, prometiste llevarme ahí a visitar los antiguos bares donde tocaban mis bandas favoritas; para después visitar a paso lento Madrid, con mi mano en tu cintura copiando a tu mano en la cintura mía.

Sabemos que eso sólo sería por un breve tiempo, porque ambos acordamos pasar nuestra vida en la capital regional de la Toscana.

Después de contemplar por largos minutos sin pensar en nada, una luz inunda mi mente: Eres como las nubes:

Te conviertes en cirros; adornada de penachos elevados y grabada con pincel, llevando tus cristales de hielo a mi boca para congelarme el cuerpo y encenderme el corazón.

Me sorprendes al volverte en estratos; aquellos que embellecen mis días soleados, empapan de felicidad mi vida, provocan las tormentas de mi alma, se van con las ligeras brisas de la existencia y vuelven a través de los céfiros de mí ser.

Los cúmulos, mis favoritos; la piara de almohadas que cruzan cada uno de los huecos del cielo en verano, y que al atardecer, aquel color rojizo que adhieren, ante la partida del sol, ocasionan que me acuerde de ti.

Ahora entiendo porque me gustan los días nublados.

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Sólo soy un hombre de ninguna parte, de ningun lado, haciendo nada para nadie.

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