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El sacrificio de ser mexiquense

El sacrificio de ser mexiquense

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Siempre he pensado que ser mexiquense significa ofrecer –al menos una vez al año– un “sacrificio”, no a los dioses, pero sí a quienes parece controlan las calles de esta, una de las entidades más vulnerables del país.

Este “sacrificio” significa sucumbir ante la delincuencia, en el mejor de los casos sufrir un robo en el transporte público o en la calle, eso sí, con un arma en la cara o un golpe de recuerdo.

Si esto no sucede, el crimen siguiente puede ser peor. A mí y a mi familia, por ejemplo, no hicimos dicho ofrecimiento y después de un año sin “incidentes” nos robaron un vehículo. Casual.

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Pero pudo ser peor: secuestro, delito que incrementó en el Estado de México un 14% en el primer cuatrimestre del año a comparación del mismo lapso del 2018; extorsión, crimen que a la vez se disparó un 70% en dicho tiempo; o asesinato, mismo que se fue a la alza en un 28% en los mismos cuatro meses.

Si eres mujer, muy probablemente serías víctima de un crímen sexual, con un aumento del 40% en el lapso ya mencionado; o feminicidio, con un alza también del 3%. Todo esto según cifras oficiales.

O tomado otro rumbo, terminar encarcelado por largos años por un delito que no cometiste, como lo evidenciaron este lunes mis colegas (y atrevo a decir, amigos) Alejandro Melgoza y Paris Alejando, así como Sandra Romandia, en su investigación “Edomex: fábrica de culpables” publicado por Mexicanos Contra la Corrupción e Impunidad y La Silla Rota.

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Pero hay más sacrificios que los mexiquenses debemos tomar: hacer eternos traslados de más de una hora a la capital vecina, como lo hacen más de un millón de paisanos para llegar a un trabajo, sino digno, sí menos indigno.

Eso si eres un privilegiado con empleo y que no estas sumergido en la pobreza como prácticamente la mitad de los mexiquenses.

Y no termina ahí. Cuando llegas a la Ciudad de México, te tienes que aguantar los comentarios clasistas, racistas y hasta xenófobos de los llamados “chilangos”.

En una ocasión subía las escaleras eléctricas de Fórum Buenavista, una plaza comercial que también funciona de terminal del Tren Suburbano –transporte usado principalmente por los mexiquenses que viajan a la capital–.

Delante de mí, una pareja charlaba hasta que ella, mirando a la entrada del Suburbano despotricó: “sí, que ya se vayan a su establo de México”. Yo, sin querer obviamente, le di un traspié cuando salíamos de la escalera. Perdón.

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En otro momento, mientras policías detenían a un supuesto ladrón en la estación Hidalgo del Metro, uno señor de edad avanzada gritó “¡De seguro es del Estado de México!”.

Esto sin contar las incómodas situaciones que comentarios parecidos generan en los trabajos y escuelas capitalinas.   

Es un tema del que poco se habla, quizá porque al mexiquense no le importa, ya está acostumbrado o simplemente lo entiende como un “sacrificio” más de ser lo que es.

Los mexiquenses somos un bicho raro, no somos “de provincia”, pero tampoco “citadinos”, somos una especie de mezcolanza, a veces sin entidad, en un estado que tomó lo peor de la capital y de interior de la República y claro, como no va ser, gobernados eternamente por el PRI.

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