Revista Digital

De gravitación universal y otras leyes

in Opinión by

“No soy nada y soy eterno”.

-José Agustín

 

Hace poco menos de un año, un jueves, el último día de clases de séptimo semestre, algunos de mis amigos y yo nos fuimos a celebrar a una pista de patinaje que las vacaciones ya estaban por comenzar.

Yo ni siquiera sé patinar, me considero muy torpe para cualquier tipo de deporte porque no coordino bien mis movimientos. Sin embargo, uno de mis amigos, que es instructor en una de esas pistas, insistió en ir y darme un “curso-básico-súper-rápido” para que, por lo menos, no me quedara en la banca sentada viéndolos deslizarse en el hielo.

Aquello, por supuesto, terminó muy mal: poco después de entrar a la pista, mientras estaba intentando aprender cómo moverme, uno de mis pies se resbaló hacia el frente y caí de espaldas, mi cabeza rebotó sobre el hielo y quedé inconsciente alrededor de medio minuto. Cuando desperté, tardé otro medio minuto en recordar mi nombre.

Me llevaron al médico, quien diagnosticó que no era nada realmente grave, que mi cabeza sólo se inflamaría en la zona del golpe pero que me recomendaba permanecer en cama al siguiente día y eso hice. Ese viernes fue la segunda vez que leí “La tumba” de José Agustín y la primera que me hizo verdadero sentido, convirtiéndose en mi novela preferida. Desde ese día la llevo conmigo a todas partes.

Recuerdo particularmente que lo que más me caló en ese momento fue que sentía como mi cerebro se movía dentro de mi cráneo, sensación que describe también Gabriel Guía, personaje principal de la narración de Agustín.

Tenía miedo de que el doctor no me hubiera dicho que en realidad, en cualquier momento, podía morirme a causa del impacto y sentía que mis sesos se estaban volviendo agua. Clic, clic, clic. Fue justamente ese día cuando también volvió a mi mente uno de mis personajes favoritos de la mitología griega desde que era pequeña: Ícaro.

José Agustín: Foto Rogelio Cuéllar

Y es que me he dado cuenta que siento, sino fascinación, sí cierta atracción por aquello que tenga que ver con caer: mi película favorita se llama “The fall”, una de las canciones que podría escuchar 20 veces el mismo día se llama “Falling away with you”. Incluso el mismo Gabriel Guía, a lo largo de “La tumba”, relata su decadencia hasta el punto de encontrarse al borde del suicidio.

Pero, ¿por qué el ser humano tiene tanto miedo de caer? ¿Le tenemos miedo al impacto, al no podernos levantar después de éste o a la caída en sí? ¿Qué hace tan aterrador pero a la vez tan atrayente el abismo que se cierne frente a nosotros en algunos momentos de nuestra vida?

Albert Camus nombró a su tercera novela “La caída” a pesar de que pocas veces menciona el término explícitamente, entre ellas al describir la mazmorra estrecha:

 

No era suficientemente alta para que uno pudiera permanecer

de pie; pero tampoco lo bastante amplia para que pudiera

uno acostarse en ella. Había que mantenerse en una posición incómoda,

vivir en diagonal. El sueño era una caída.

 

No puedo decir con certeza a qué se refería el escritor francés con esta oración, aunque bien puede interpretarse como el hecho de que, en condiciones tan opresivas y angustiosas, aquél que se atreva a tener sueños lleva las de perder.

Viéndolo de otra manera, soñar implica una elevación pero, si hacemos caso a la Ley de Gravitación Universal postulada alguna vez por Sir Isaac Newton, todo aquello que sube, en uno u otro momento tendrá que bajar, aunque la gravedad no sólo sea cosa de física. Una caída anímica, aunque inmaterial, implica también una dimensión de gravedad que si bien no puede medirse a través de fórmulas, puede reconocerse en el estado emocional de la persona que cae.

Jean-Baptiste Clamence, protagonista de la novela de Camus, simboliza perfectamente una de estas caídas anímicas. El personaje describe un antes y un después en su vida, los puntos altos y los puntos bajos. Sabe que en algún punto, durante o después de la guerra, incluso antes de ésta, su caída comenzó, y ahora describe las consecuencias que ha tenido el impacto final en su vida.

Al leer el monólogo del protagonista de la novela de Camus, uno podría pensar que Jean-Baptiste ha manejado bien el aterrizaje, parece hablar animádamente con su interlocutor y su energía parece no decaer incluso cuando se siente enfermo. Empero, el monólogo de este personaje es como una de esas canciones de Ryan Adams con melodía alegre y letra triste.

Albert Camus. Foto: Cecil Beaton

Algo similar pasa con nuestro buen amigo, el ya antes mencionado en este ensayo Gabriel Guía, quien también narra, aunque quizá de manera menos consciente, su declive.

No obstante, la diferencia entre Jean-Baptiste y Gabriel es que, ése último parece haberse quedado en la caída, sin sufrir un verdadero impacto ya que, antes de estrellarse contra el suelo (cosa curiosa, el verbo “estrellarse” cuando las estrellas están en el cielo y no en la tierra), decide matarse y así evitar soportar su propio peso a la hora de la colisión.

Aún así, ambos comparten un quiebre similar en sus vidas que los lleva a pasar de una idea romántica de la existencia a una perspectiva que ve absurdo el intento de continuar porque en sí, luego de caer, la vida parece tornarse absurda.

¿De qué sirve tenerlo todo y vivir bien si de todos modos eso termina perdiéndose de una u otra manera? ¿No el destino de todos es morir? Entonces, ¿cuál es el verdadero sentido de vivir?

Dicen que las cosas pasan por algo pero tal vez no exista razón alguna por la que caemos excepto que es parte de la naturaleza humana y nada más. A final de cuentas, somos nosotros quienes dotamos de un sentido a las acciones que hacemos y a las situaciones que vivimos.

Entre tantas cosas, algo que el existencialismo nos aportó es la conciencia de que no tenemos control absoluto sobre la naturaleza y que a veces, por más absurdo que nos parezca todo, el sinsentido es también una forma de darle rumbo a nuestras vidas y, como todos los caminos, éste puede llevarnos a infinitos destinos, tanto buenos como malos.

Mi generación en particular parece vivir en el sinsentido total, cayendo constantemente pero sin estrellarse. Queremos cambiar al mundo y hacer tantas cosas aunque, al mismo tiempo, vivimos una desolación y desesperanza inmensas que nos inundan el alma. Somos Gabrieles Guía, hijos de los ideales heroicos-románticos de Werther pero con el estado anímico de Jean-Baptiste Clamence.

Quizá, lo que a nosotros más nos aterra de caer sea la idea de fracaso ligada a la caída y el dolor que, sabemos, nos provocará darnos de cara contra el suelo, especialmente porque estamos inmersos en una sociedad que nos ha criado para siempre tener como metas el éxito y el placer.

Nunca hemos vivido una guerra ni hemos armado una revolución. Nuestros movimientos se dispersan fácilmente y carecemos de posiciones políticas, ideologías y creencias bien definidas. El internet nos ha hecho mucho daño poniendo sobre nuestros hombros la insoportable levedad de 60 megabytes por segundo. Vivir en el limbo que implica caer sin impactarnos se ha vuelto nuestra zona de confort porque también nos genera adrenalina el ver el abismo bajo nosotros sin llegar a él.

¿Algún día seremos capaces de tomar conciencia de la gravedad que está causando nuestra caída o nos mantendremos por siempre entre el suelo y el cielo?

Porque así como todo lo que sube tiene que bajar, todo lo que baja, también tiene que subir en algún momento, y si el sueño es una elevación, tampoco nos estamos permitiendo ser unos soñadores como John Lennon hubiera querido que lo fuéramos, lo cual explicaría también porque cada vez nos rehusamos más a sentir y a dejarnos sorprender por los detalles de la vida.

Porque incluso Ícaro, aunque cayó de la manera más trágica imaginable, vio de frente su sueño de volar cerca del sol.

Ícaro. Foto: Reproducción.

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Lectora de tiempo completo y escritora entre sueños. Su cuarto está lleno de poemarios, pósters de superhéroes, fotografías, recortes de revistas, letras de canciones de Depeche Mode y The Clash y lápices. Está segura de que su gato es la reencarnación de Arthur Rimbaud y que Allen Ginsberg le habla mientras duerme. A veces tiene pesadillas con Skynet.

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