La forma de la miel

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Guillermo Del Toro ha explotado al máximo su talento y logrado una exitosa fórmula al adaptar o escribir historias ficticias que se desarrollan dentro de un momento histórico real. Por ejemplo, El laberinto del fauno es un cuento de hadas que ocurre durante la Guerra Civil y su adaptación de Hellboy comienza durante la Segunda Guerra Mundial.

Su más reciente filme titulado “La forma del agua” no es la excepción. Es una, ¿cómo dicen? “fantasía romántica” que se desarrolla durante el elevado conflicto político de la Guerra Fría. Desafortunadamente, en esta ocasión se pasó de cursi y sacrifica otros elementos que pudieron explotarse mejor durante el a veces (hay que decirlo) cansado progreso de la historia. ¡La miel salpica hasta las últimas butacas del cine!

Por si fuera poco, es protagonizada por una doncella y su monstruo, lo cual además de meloso, se ha visto innumerables veces en La bella y la bestia, King Kong o El jorobado de Notre Dame. Y sí, el director intenta transmitir las mismas enseñanzas de dichas historias.

Pero no todo es malo. Visualmente, como todas las películas del director, es hipnotizante y en esta ocasión le añade más atractivo con la altamente nostálgica moda de los sesenta. También, los villanos son magníficos y está llena de un humor negro que se torna confuso, pero al mismo tiempo excelente, al estar disfrazado detrás de chistecitos inocentes e involuntarios.

Por todo lo anterior, resulta complicado decidir si La forma del agua es “buena” o “mala”, pero como ya se mencionó, a pesar de la excesiva cursilería irradiada por “una bella y una bestia”, puede calificarse como diferente, por su peculiar desarrollo y por  no pertenecer al grupo de los ya desgastados refritos. Además, ayuda a seguir enalteciendo la imagen de los mexicanos, por lo menos, en la industria del cine a nivel mundial.

                                                                                                            

 

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