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Liberando la palabra entre las montañas: alfabetizar en la Sierra Norte de Puebla

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Chachahuantla “lugar donde el agua cae y resuena”

                                     “Los hombres no se hacen en el silencio;

sino en la palabra, en el trabajo, en la acción,

en la reflexión”.

-Paulo Freire-

 

Son contadas las experiencias que dejan huella en nosotros; en el transcurso de nuestra vida, pocas veces conocemos lugares y personas que nos hacen sentir en casa y resulta muy difícil alejarnos o decir adiós; al menos esa ha sido mi experiencia desde que tuve la oportunidad de alfabetizar en las comunidades de San José Corral Blanco y Chachahuantla, ambas pertenecientes a la Sierra Norte del estado de Puebla.

Y es que, quien no extrañaría despertar con el canto de las aves, el sonido del viento y de la lluvia, además de contemplar el paisaje; las montañas verdes que en la mañana y tarde son pinceladas por nubarrones blancos o grises, según sea el clima, y al mismo tiempo, sentir en la piel los rayos del sol y vislumbrar el cielo azul que difícilmente veríamos en la ciudad.

¡Y qué decir de la comida!; a menudo éramos invitados a las fiestas que se celebraban en la comunidad, desde bautizos, bodas y XV años, hasta cumpleaños y graduaciones del kínder, primaria, secundaria y/o bachillerato, donde se servía el tradicional mole, carnitas y barbacoa, acompañados de pequeños tamales de maíz y tortillas hechas al instante.

Lejos de narrar algo que podría confundirse con turismo emocional; el trabajo dentro de la comunidad, desde mi punto de vista, fue muy peculiar este año.

Chachahuantla, que significa “lugar donde el agua cae y resuena”, es una comunidad indígena donde se habla español y mexica (náhuatl), la principal actividad económica es el bordado, siendo las mujeres expertas en todo tipo de costuras; por su parte, los hombres se dedican al campo -aunque éste no se trabaje demasiado- y/o al comercio, no obstante, existe un alto índice de migración, y las remesas constituyen gran parte del ingreso que reciben las familias de esta región.

Foto: Alfabetiza Adeco

Desde el 17 de junio al 5 de agosto del presente año, un grupo conformado por 18 alfabetizadores y cuatro coordinadoras, vivimos en la comunidad durante siete semanas, en ese tiempo, trabajamos en la conformación de diferentes grupos de estudio como: música, huertos, salud y memorias, además de impartir clases de lectoescritura con las personas que estuvieran interesadas.

Nuestro primer reto fue el trabajo con una comunidad bilingüe, en ocasiones nos cuestionábamos el qué tan correcto era alfabetizar en una comunidad indígena, -a sabiendas que la muerte de las lenguas originarias es un gran problema que enfrenta nuestro país-, sin embargo, en las clases intentamos realizar diferentes actividades para tener presente la lengua mexica.

Las clases duraban dos horas, y en ese lapso, aprovechábamos para que las personas nos enseñaran algunas palabras en náhuatl, “Panolti tzino” (buenas tardes), “Tlazocamati” (gracias) y “hasta mostla” (Hasta mañana), fueron las primeras frases que aprendimos para comunicarnos con algunas personas que solo hablaban mexica.

Durante las mañanas preparábamos los materiales necesarios que usaríamos en las clases, sin duda alguna, desde mi primera campaña, es en las clases donde he pasado los mejores momentos en campaña, para narrar el transcurso de las mismas, citaré un texto de mi estimada amiga y compañera de campaña Lucile Etienne, con quien compartí clases en un grupo conformado por cinco señoras: Margarita, Zeferina, Rosa, Silvia y Demetria. -mi corazón suspira con solo escribir sus nombres…-

Foto: Alfabetiza Adeco

“Ya pasaron las tres; salimos corriendo de la casa, la panza llena de la comida que deglutimos con demasiada prisa, casi olvidamos a Lulú para llevarla a su clase durante el camino, sin embargo, no se nos olvidaron los plumones, ni el libro de cuentos, ni las láminas del método.

Hay que pasar por Doña Demetria, justo atrás de la iglesia, subimos la calle principal, entre los puestos de tacos y las tienditas, bajo una lluvia de “buenas tardes”.

Pisamos las primeras piedras del patio: “¡Buenas tardes, Doña Demetria!”, primero nos contestan armoniosamente los guajolotes y sus glugluteos se desvanecen para dejarnos oír un “¡queme!” (sí) -Ya viene Doña-.

Demetria, con su bordado puesto y sus aretes azules, agarra con prisa su cuaderno y su lápiz, nos estrecha la mano y nos vamos. – A su ritmo subimos la calle Zapata y nos cuenta: las visitas a su madre, sus viajes a pueblos vecinos, sus hijos, la fiesta a la que fue el día anterior, sus dolores y enfermedades, sobre el doctor-.

Vamos acercándonos de la casa naranja arriba del camino, y el portón negro se abre, la pequeña Lizbeth se asoma y viéndonos llegar agitados por la subida, avisa: “¡Ya llegan los maestros!”.

Con el corazón cálido, pasamos, ahí están Doña Rosa y Doña Zeferina bordando, una con máquina y otra a mano, doña Rosa nos dice “vete por las señoras”, dejamos nuestras mochilas y nuestros sombreros y, entre pollos y gallinas, bajamos a buscar a Silvia y a doña Margarita.

Rosa saca unas sillas de madera de la cocina y después de un rato platicando empieza la clase, -durante una hora, hora y media, trabajamos con esas cinco mujeres de niveles, edades y personalidades diferentes-.

Foto: Alfabetiza Adeco

Vemos método, leemos cuentos, jugamos memorama, encontramos palabras, chismeamos, aprendemos a bordar, intercambiamos culturas y saberes, -aprendemos a conocer esas cinco vidas que nos conmueven-.

Hablamos de trabajo, de salud, de migración, del campo, de Chachahuantla, sus tradiciones y porqué les y nos gusta su comunidad, mientras vigilamos si no viene la lluvia y si los cachitos no se caen por el viento, -toda la familia está aquí al rededor, participando, apoyando, regalándonos helados y elotes-.

Nos reímos juntos de nuestras anécdotas, de nuestros errores, de situaciones imposibles como los cien cartones de cerveza que intercambiarían por una boda, nos distraemos por las pláticas, por la presencia de la familia y por las intervenciones y berrinches de Lizbeth, Marcos y Estrellita, (los niños), -cuándo no pudimos traer a alguien para entretenerlos Silvia cuida a sus hijos-.

Rosa bromea y. Zeferina se ríe de los chistes de Rosa o, de su voz grave, suelta respuestas cortas y directas que nos dan risa, Demetria se duerme, mientras Margarita, seria y directa, explica y traduce las cosas del náhuatl al español y viceversa.

-Termina la hora- ni siquiera dan las cinco, pero doña Rosa se cansó y nos dice: “mejor mañana” y así nos despedimos, con un “tlazocamati hasta mostla”, y, despacio, cansados, juntos con Doña Demetria, bajamos la calle hasta el pueblo”.   

Foto: Alfabetiza Adeco

A parte de las clases, trabajamos en diferentes labores de la comunidad, desde participar en las faenas de las escuelas y hacer mole para las grandes fiestas hasta acompañar a las personas al campo a segundear la milpa.

Sin duda, la vida en Chachahuantla es muy tranquila, bastante contrastante con el ritmo que tenemos en la ciudad, a tan solo dos semanas de haber dejado la comunidad, extraño bastante el silencio de las noches despejadas, el calor de las personas que nos hacían la plática mientras caminábamos en por las calles.

Paulo Freire decía que “la educación es un acto de amor, por tanto, un acto de valor”, debo confesar que me era difícil percibir a la educación de esta manera, debido a que toda mi vida estudié en escuelas públicas, dentro de un sistema riguroso que te enseñaba sólo a obedecer y mantenerte callado.

No obstante, en estos dos años alfabetizando, me he dado cuenta que el educar es indivisible del lado afectivo, ser empático es indispensable para compartir saberes con las personas que tanto nos enseñan en sus casas, desde hacer tortillas y bordar e incluso náhualt, siempre aprendiendo uno del otro.

No tengo palabras para describir las sensaciones a las que te enfrentas estando en campaña, cuando las personas te dejan de ver como su maestro y te tratan como si fueras alguien más de su familia, ese sentimiento al despedirte y no saber si regresarás, de esperar volver dentro de un año y ver que nada ha cambiado, que todo esté bien.

Foto: Alfabetiza Adeco

Chachahuantla, en mi corazón siempre resonará el agua que allí cae, en mi memoria quedarán todas las historias, anécdotas y risas de las personas que pude conocer, y en mis ojos siempre estará presente el verde de tus cerros y el azul de tu cielo.

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Egresado de Comunicación Política y Ciudadanía en la UNAM, voluntario en ADECO intentando fomentar un cambio en mi país; amante del Metal y la música folclórica, me gusta conocer historias para compartirlas, enamorado del trabajo en comunidad.

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