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Lux Fero

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Eran las 8 de la mañana y Victoria tenía mucho frío en las piernas ese día. Ni la falda tableada ni las calcetas largas alcanzaban a cubrirle las rodillas y se le había olvidado su saco en casa. Temblaba y, sin embargo, no le importaba en lo más mínimo. Toda su atención estaba volcada en el alto hombre vestido de traje que estaba al frente del salón de clases, junto a su maestra de filosofía. Parecía un poco perdido, y mientras todos sus compañeros cuchicheaban alrededor, la chica permaneció en silencio sin poder quitarle la vista de encima.

Cada detalle, por alguna razón que Victoria no comprendía, le parecía atrayente a más no poder: el cabello liso y plateado, que aunque revuelto, se veía sedoso; los ojos verdosos, medio amarillentos, que le recordaban a los de un gato; la piel tan pálida que, si no fuera porque el hombre respiraba, hubiera creído que era de cera; y las facciones sumamente delicadas, que le daban cierto aire femenino al tipo.

—Buenos días—la voz de la profesora Rávena sacó a Victoria de su ensimismamiento, quien se sentía agitada, como si los pulmones estuvieran reteniendo más y más aire con cada inhalación para, en cualquier segundo, explotar.

—Como podrán notar—continuó la maestra luego de que nadie le contestara el saludo—, el día de hoy tenemos un invitado. Supongo que han oído hablar de él en clase de religión más de una vez—suspiró—. Quizá no cosas muy buenas… En fin. ¿Alguien sabe quién es?

El hombre recorrió el salón con sus ojos verdosos y esbozó una débil sonrisa, casi tímida, pero con cierto aire de travesura, hasta que detuvo la mirada en Victoria, que tenía la mano levantada.

—¿Sí, señorita Nimbo?

Todos sus compañeros voltearon a verla al instante. Inmediatamente, la joven se arrepintió de querer responder pero ya no había marcha atrás.

—E-es…­—carraspeó. Su voz era un hilo—. L-lu… Lucifer.

La profesora Rávena asintió alegremente. Algunas de sus alumnas soltaron débiles grititos y otras ahogaron exclamaciones de sorpresa. Dos chicas tomaron inmediatamente sus cosas y se salieron del salón. Sin embargo, Lucifer parecía feliz. Tenía una sonrisa que parecía brillar literalmente, como aquellas de los comerciales de pasta dental. Victoria se volvió a quedar medio perdida observándolo hasta que sus miradas se cruzaron por cinco segundos y la adolescente decidió bajar la cabeza.

—Por supuesto, la madre superiora no ha estado de acuerdo—la profesora reprimió una risita—, pero como está de vacaciones en Roma junto con las demás hermanas, me tomé la libertad de hacer esta clase más interesante.

El silencio reinaba en el salón y se sentía como si una pesada capa invisible les cubriera a todos. Otras cinco alumnas tomaron sus pertenencias y, tratando de hacer el menor ruido posible, se escabulleron fuera de la clase, dejando sólo a Victoria y a tres de sus compañeras. La maestra las vio sin decir nada y finalmente suspiró.

—En fin—la sonrisa volvió al rostro de la docente después de ver a las niñas marcharse—, Lucifer ha accedido a que cada una de ustedes le haga una pregunta. La única condición es que tiene que ser en privado y no le pueden contar a las demás nada sobre la plática que tengan con él, ¿de acuerdo?—miró a las chicas con sincera emoción. Ellas sólo le correspondieron asintiendo levemente.

—Bien, ¿quién quiere empezar?—su mirada se fue al instante a Victoria—. Señorita Nimbo, ya que usted le ha reconocido, creo que es justo que usted comience. Sus compañeras y yo esperaremos afuera.

Las estudiantes que quedaban en el salón, a excepción de Victoria Nimbo, se pusieron de pie, dejaron sus cosas en sus lugares y siguieron a la profesora Rávena, quien les abrió la puerta y la cerró hasta que la última salió. Mientras tanto, Lucifer, sin dejar de sonreír, se acercó a la joven que lo había reconocido y se sentó en una banca a su lado.

—Estás temblando, ¿tan mal me veo?­—el hombre soltó una risita nerviosa pero su mirada era de preocupación.

Victoria, como quien no quiere la cosa, se volteó hacia él. De nuevo sentía que se le iba el aire y no se atrevía a verle a los ojos.

—N-no… Es que… Essóloquetengofrío.

—Ya veo. Me gustaría saber que se siente tener frío o calor, no sé nada de sensaciones térmicas—Lucifer volvió a reír pero esta vez con un dejo de tristeza. No obstante, casi inmediatamente recuperó la sonrisa—. ¿Quisieras preguntarme algo, Victoria?

La chica no reparó en que Lucifer sabía su nombre aunque ella no se lo hubiera dicho antes. En cambio, estaba concentrada en pensar qué preguntarle. En sus clases de religión les habían dicho una y otra vez que el hombre que tenía frente a ella era la maldad encarnada, y siempre se los describían como un ser feo, con cuernos y que apestaba a huevo podrido. Sin embargo, parecía alguien bastante normal, agradable incluso.

—Hmmm…—Lucifer la miraba seria pero pacientemente mientras tenía apoyados los codos en el pupitre y con el rostro sobre su mano izquierda. Respiraba con parsimonia, como si en realidad no tuviera que hacerlo y sólo fuera costumbre—. Estemmmm, ahmmmm.

—¿Sí?—dijo éste con tono curioso y perspicaz. Sus ojos verdosos parecían lanzar tenues destellos.

—B-bueno, ahm… ¿es… es cierto que usted y Dios no…?—el nerviosismo le desbordaba con cada palabra—. Pues, o sea, tú, digo—carraspeó—, usted, usted era un ángel, ¿no? Me refiero a que, ahm… Si usted y Él se llevan tan mal como dicen todos—al terminar, suspiró y levantó la mirada y sus ojos se cruzaron con los de Lucifer, quien ladeó la cabeza, sonriendo como lo haría un niño pequeño que se trae algo entre manos.

—Los humanos inventan cada cosa—dijo como para sí mismo y rió por lo bajo. Luego negó con la cabeza levemente—. Dios y yo nos llevamos bastante bien. Quiero decir—levantó la mirada al techo, se mordió suavemente el labio inferior y torció un poco el gesto—, no somos amigos ni nada—rió de nuevo y volvió sus ojos a Victoria—, pero estamos en constante comunicación. Siento mucho respeto y admiración por él y me atrevería a decir que él siente lo mismo por mí, aunque no sé si en la misma proporción… En fin.

Victoria soltó una risita nerviosa que se transformó rápidamente en una débil sonrisa. Ambos se quedaron unos segundos en silencio hasta que Lucifer volvió a hablar.

—¿Cómo sabías que era yo?

Súbitamente Victoria abrió los ojos como platos y su expresión se tornó asustada. Tuvo un ligero acceso de tos hasta que Lucifer, cuidadosamente, puso una mano sobre su hombro. La chica se tranquilizó de inmediato y sintió una especie de paz que jamás había experimentado en su vida, pero también un ardor raro que, si bien no quemaba, la hacía sentir extraña, como si deseara algo (que no sabía qué era) con muchas ganas.

—Lo vi—dijo en un susurro—. En un sueño vi todo esto y lo vi a usted pero en el sueño la profesora Rávena era la que nos decía que usted era Lucifer.

Los delgados labios del hombre formaron una media sonrisa.

—Es gracioso, Victoria—se levantó y caminó hacia la puerta para llamar a la siguiente alumna—. Yo también te vi en un sueño.

Seis y contando

 

 

 

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Lectora de tiempo completo y escritora entre sueños. Su cuarto está lleno de poemarios, pósters de superhéroes, fotografías, recortes de revistas, letras de canciones de Depeche Mode y The Clash y lápices. Está segura de que su gato es la reencarnación de Arthur Rimbaud y que Allen Ginsberg le habla mientras duerme. A veces tiene pesadillas con Skynet.

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