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Madera noruega

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No sé qué es lo que hago aquí. No entiendo cómo pasó, cómo terminé en este lugar. Salí únicamente a tomar un trago, quizá dos y de repente estoy aquí, en el apartamento de una mujer. Estaba parado a dos pasos de la puerta, no podía moverme, sudaba frío. Mejor me voy –pensé– antes de que ella salga del tocador, sí, debería de irme, correr, huir antes de que pase algo de lo que me arrepienta toda mi vida. Pero no podía, algo me detenía, es como si yo la tuviera a ella… o más bien como si ella me tuviera a mí.

Por fin logré mover la mano para ponerla en la perilla de la puerta y poder irme en libertad o ¿escapar de ella?

Antes de que yo pudiera hacer algo más, ella apareció. Melena hasta la altura del pecho y pelirroja; labios ligeramente pintados, como quien apenas se atreve a maquillarse; vestido azul con detalles en negro que va desde el cuello hasta las rodillas, no necesitaba de medias, aún es joven; delgada y pálida, muy pálida, al grado que ilumina como si la luna viviera bajo su piel.

Toma asiento, estás en tu casa –me dijo amablemente, mientras caminaba hacia mí. Sus pasos no se oían, no sé si era por la suave alfombra color vino que inundaba todo el recinto o la ligereza de sus pies descalzos que provocaban un flote en su andar.

Yo sólo asentaba con la cabeza sin poder hacer ni un solo ruido. Me tomó de la mano, la suya era muy pequeña, el contraste de tamaños parecía tierno, como cuando un niño se pone ropa que le queda extremadamente grande.

Me llevó de la puerta hasta la sala, me sentó en un sofá, luego fue a la cocina a servir algo de tomar. El departamento era sublime, pero carecía de extensión. Desde donde estaba podía ver prácticamente todo: dos habitaciones, separadas por un baño, una sala y comedor-cocina divididas únicamente por una barra. Todas sus paredes estaban vestidas de cuadros que no entendía de autores que nadie conocía, no hay ni un solo hueco. Quizá con la ausencia de blancos en su pared trataba de llenar un vacío en ella, no lo sé.

Sus muebles: todos son de madera.

Por la ostentosidad y el tamaño de su departamento podría asegurar con alivio que no era casada y que no tenía hijos… pero ¿y yo?, yo no puedo decir lo mismo.

Metí mi mano a uno de los bolsillos de mi saco, aparece un cigarro el cual intento prender. No se fuma dentro de la casa –alzó la voy desde la cocina. Volví a meter el cigarro en mi bolsa.

Ella regresó con un par tazas, me dio una para posteriormente sentarse aún lado de mí, puso su mano en una de mis piernas. Le di un sorbo largo a lo que me trajo sin adivinar qué tipo de bebida era, no me sabía a nada, cualquier cosa que me hubiera dado no me sabría absolutamente a nada. Seguí bebiendo, ahora lo hacía con tragos cortos y constantes, todo esto sin quitarle la mirada al enorme librero que lidera la sala.

¡Madera Noruega! –mencionó al ver mí mirar ininterrumpido al inmenso mueble. Mi mirada perdida se volvió a verla sin entender el porqué de sus palabras.

El librero, la sala, el comedor y todos los demás muebles están hechos de madera noruega, la cual es muy cara y delicada –trataba de explicarme– estaba de moda a mediados del siglo pasado.

No debería estar aquí –escupía por fin mis primeras palabras dentro del departamento interrumpiéndola a la vez que le quitaba bruscamente su mano de mi pierna– no es correcto –le subrayo.

Lux Fero

La mujer, desentendida, me preguntó el motivo de este supuesto agravio. Estoy comprometido­ –le respondí mirando detenidamente el anillo que tímidamente porto en la mano izquierda. Ella seguía sin entender nuestra falta, pues a su criterio, con una sonrisa inocente y recalcada, aseguró que no estamos haciendo nada malo. Bueno en eso tenía razón, pensé. Sin embargo, la culpa seguía incrustándose de manera fugaz en mi mente.

Así que decidí irme. Le di un último trago largo a la taza, me levanté efusivamente. Agradecí por la velada sin hacer contacto físico, ni visual. Caminé hacía la puerta y cuando me faltaban un par de pasos para llegar a ésta, la mujer, sin gritar pero notoriamente desesperada emanó un “¡Espera!”. En ese momento me detuve sin quererlo. Forcejeé con mi propio cuerpo hasta que cedió. Demasiado tarde. Ella ya había caminado hacía mí, con sus diminutas manos tomó mi rostro, lo dirigió al suyo y no hizo otra cosa más que mirarme. Segundos que parecieron horas mirando aquel par de luceros color satinado, el café de mis próximos desvelos. La culpa desapareció.

Me dijo que me quedara, que quería mostrarme su habitación. Sin decir una palabra caminé detrás de ella. Atravesamos la sala. Abrió la puerta de una de los cuartos que se encontraban a un lado del baño. Entramos. Me dijo que me sentara en cualquier parte. Miré a mí alrededor, no había sillas. A diferencia del resto de su casa, esta parte era particularmente vacía, no tenía muebles, ni cuadros extraños en las paredes, únicamente una cama a ras de piso en una alejada esquina del recinto y la continuación de la alfombra que parecía reinar en todo el inmueble. Entonces, me senté en el suelo.

Salió de la habitación, para regresar segundos después con una botella de vino. Me extrañó que no trajera copas, vasos, tazas o cualquier cosa para vaciar el licor espumoso. Sin lograrlo, intentó descorchar la botella, se la quite suavemente de las manos y la destapé. Ella sonrió y tomó directamente de la boca de ésta para posteriormente ofrecerme. Bebí un trago considerable.

Con el hedor del vino invadiendo el lugar, los músculos relajados y las sonrisas contantes, ella intercedió con las primeras palabras. Me preguntó el porqué de mi culpa constante, le contesté que tenía esposa y un par de hijos, que no podía hacerles esto. De repente, sin que me dejara terminar me cuestionó el porqué de mi presencia en su hogar, si lo que gobernaba en mi era la culpa. No supe responderle. Siguió preguntando: “¿Eres feliz?”. Tampoco supe responder.

Tras un largo silencio, le dije que estaba cansado. Su cara reflejaba que no entendía. Sin saber de dónde, comenzaron a salir palabras de mí, palabras de quejas que nunca había pensado ni sentido, por lo menos no conscientemente:

Me cansé de esperarla, de cerrar los ojos al mundo hasta que su voz haga romper el hechizo. Me cansé de oírle decir que siempre estará ahí para mí, mientras se va por donde llegó. Me cansé de su interés oportuno, ese salvavidas que usa cuando lo ve todo perdido pero no quiere perderme. Me cansé de pensar en ella, de creer que hacía lo mismo, de ser un ingenuo. Me cansé de creer que me necesitaba, cuando me en realidad que ni yo la necesito. Me cansé de ir siempre tras de ella, recibiendo a cambio caras largas, entusiasmos obligados y silencios incómodos. Me cansé de decir que todo está bien, pensando que el problema era yo. Me cansé de esperar a que regrese. Me cansé de tenerle fe, de creer ciegamente que era el amor de mi vida. Me cansé de escribirle y decirle mis “sentimientos” y de ocultarte la mitad de mis palabras. Me cansé de entregarle toda mi vida, para recibir únicamente sobras de sus días.

Aquí sólo el Gallo canta

Su cara fue de sorpresa, no lo esperaba. Más fue mi sorpresa cuando dijo que la culpa era mía, no de ella, que estaba luchando una guerra que yo perdí desde el momento en que la conocí. No entendía nada. Aseguró que yo estaba luchando por hacer de alguien como yo quiero. Me explicó:

Es como una guerra. Estás en medio de ella, pero nunca vas a ganar… y lo sabes. Pese a ello, sigues en pie de lucha, con el orgullo, casi omnipotente, sobresaliendo y la impotencia comiéndote por dentro. Tus hombres caen uno por uno, pero tú no tiras la toalla, ni agitas el pañuelo; no hasta que el último soldado esté mordiendo el polvo. Ráfagas de indiferencia, armas biológicas repletas de dudas, minas sensoriales activadas con egocentrismo y ataques nucleares llenos de esperanza caen sobre tu trinchera. Los instrumentos que utilizas para repeler los ataques son obsoletos. Eres el único hombre de pie, no te rindes aún, no puedes regresar con la cola entre las patas. Sólo esperas a que te den el tiro de gracia, pero no importa, porque desde antes que comenzara la batalla tú ya estabas muerto.

No decía nada, sólo asentía con la cabeza. No te preocupes- me dijo sonriendo ligeramente- yo vine a salvarte. ¿De ella?, le pregunté. No, de ti mismo- me respondió.

Seguimos bebiendo, el silencio es el amo absoluto del momento interrumpido ocasionalmente por un par de suspiros entre tragos. La botella se acaba y con ella el silencio: ¿Sabes?, confió plenamente en la eventualidad de habernos encontrado- dijo mientras se acostaba en la alfombra para mirar el techo. Sin entender el porqué de sus palabras, continuó: Destino, lo llamo yo. La efervescencia de un evento lo es en sí por la falta de relevancia en el protagonista; o el poder de algo inexplicable que marca en alguna pauta intergaláctica lo que debe de pasar sin entendimiento mínimo, pero transcendental e inextinguible- declamó, cerró los ojos y yo seguía sin entender.

Al ver mí expresar dudoso, se levantó, se sentó frente a mí, me miró a los ojos y comenzó de nuevo: Dime loca, pero hay algo raro en ti. Desde que cruzamos las primeras palabras siento una libertad iracunda que en momentos llego a pensar que es libertinaje.

Tras sus palabras el silencio volvió y no hicimos otra cosa más que mirarnos a los ojos, frente a frente, sentados con las piernas cruzadas.

¿Qué piensas?, pregunté curioso interrumpiendo el silencio. En tú y yo, me respondió sin apartar su mirada de mis ojos. ¿Tú y yo?, volví a cuestionar. Así es, tú y yo –recalcó a la par que cambiaba el mirar hacia el techo- tú y yo llamados locos, por una sociedad de entrometidos, únicamente por hacer lo que queremos hacer; tú y yo viajando sin rumbo, hablando sobre la nada y cantando canciones que nunca nadie escuchará; tú y yo escribiendo letras, mandando cartas, para ocultarlas donde nadie las leerá; tú y yo en desvelo eterno, contándole a la oscuridad nuestros más sensibles secretos; tú y yo despertando tarde, sin preocupación alguna, pues ¿qué inquietud podrá haber estando juntos?; tú y yo dejando recuerdos mucho más largos que el camino que nos falta por recorrer;  tú y yo entrelazados, más allá de las manos… del alma, del destino; tú y yo plasmando en el largo papel de la vida, aquellas historias que los grandes escritores quisieron plasmar, pero que nunca se atrevieron a hacerlo; tú y yo sin terminar esta noche, porque mientras el reloj de arena no se acabe, siempre habrá un nosotros que le de vuelta.

Inmediatamente, al cerrar sus labios, el mirar cambio al suelo, el cual veía como anhelando sus palabras, rendida. Quería abrazarla, pero había entre nosotros un pacto sin palabras de no hacer demasiado contacto físico, no mientras ella no lo hiciera. Estaba frente a mí la mujer que quería, que creía querer, o más bien, como quería que fuera mi esposa. Eso no es justo, amarla o creer amarla sólo porque es lo que ella no es, no se lo merece.  

Miró el diminuto reloj que portaba en su muñeca, eran ya las 3 de la mañana. Es hora de ir a la cama -dijo levantando la mirada- trabajo por la mañana. Yo no –le respondí mientras me levantaba y caminaba hacia fuera de la habitación. Dormí en la bañera.

Desperté con un ligero dolor de cabeza, sin zapatos caminé lentamente a tu habitación, no estaba. Posteriormente busqué en el otro cuarto, sala, comedor y cocina, no había nada. Estaba solo. Tomé mi abrigo, no había más que irme, apunté mi número en un papel y lo puse en la mesa de centro. Hurgando en mis bolsillos hallé una nota, era de ella, decía que me fuera, tomara un baño, desayunara si quería, pero que me fuera y que no dejara rastro de mí.

Que rabia, todas las palabras, todos los silencios, el tiempo que pasamos para que simplemente me fuera sin dejar rastro. Me debí de haber largado cuando estaba en medio de toda esa madera norueg… ¡Cierto!, la madera noruega –exclamé mientras corría a la cocina. Prendí un cigarro, el que metí en mi saco y encendí rápidamente el sillón principal de la sala, a su vez comenzaba arder la alfombra que llevaría consigo el fuego a toda la casa.

Salí de aquel lugar con el abrigo en el hombro derecho mientras pensaba: ¿No quería rastro?, pues un poco de fuego, no está mal. De igual manera, el ave ya había volado.

Seis y contando

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