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Migrante: el hombre de ninguna parte

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Eran los primeros días de febrero cuando Juan Martínez Cortés decidió dejar atrás lo poco que tenía para comenzar una aventura, recorrer más de 3 mil kilómetros desde su natal Guatemala hasta Estados Unidos.

Motivado por la esperanza que otorga una nueva oportunidad y ahuyentado por la falta de empleo, así como por los altos índices de violencia que sufre su país, el joven de 26 años con mochila en hombros, repleta de un par de botellas de agua y algunas provisiones, partió del Puerto Fronterizo El Ceibo, una población localizada cerca de la frontera sur de Guatemala, la cual choca con el municipio de Tenosique, Tabasco.

Sin ponerse de acuerdo, Juan se unió con un grupo de veinte migrantes para caminar -junto con El Ceibo- El Pedregal y Tenosique municipios sureños que completan 50 kilómetros de carretera irascibles de violencia silenciosa, comandada por uno de los motivos de su migración: La Mara Salvatrucha, una organización internacional de pandillas que ha puesto de rodillas a todo Centroamérica, Caribe y partes de Sudamérica, México y Estados Unidos.

El país centro americano vive una de sus peores crisis de seguridad en la historia, provocada en gran medida por la lucha del gobierno contra las pandillas, así como de éstas, una contra otra, lo que dejó, tan sólo en 2016, 4 mil 600 asesinatos en los primeros diez meses, lo que representa un promedio de 15 casos al día.

“Estás con ellos (La Mara Salvatrucha) o contra de ellos, no hay de otra […] es mejor huir para no unirte, ni ser víctima”, lamenta el guatemalteco.

En el Río San Pedro, frontera natural entre Guatemala y México, un grupo de migrantes espera a los polleros, quienes, a cambio de 40 dólares, se encargan de acercarlos lo más posible a Tenosique, el primer punto donde se sube a La Bestia, tren de mercancías que utilizan los inmigrantes hacia Estados Unidos para atravesar rápidamente territorio mexicano.

Al pisar Tabasco, el grupo de ilegales en el que venía el joven guatemalteco fueron perseguidos por elementos de la Policía Migratoria: “Apenas cruzamos la frontera, la migra nos quiso agarrar. Nosotros éramos como 20 y ellos no más de diez, los espantamos a pedradas. No somos criminales, pero tanto nos costó llegar acá, para que nos regresaran, no, no, no…”, recuerda Juan entre risas.  

La bienvenida de los indocumentados por parte de las autoridades mexicanas refleja las políticas antinmigrante que ha realizado el gobierno mexicano, no muy alejadas de las tomadas por la actual administración estadounidense, ya que de acuerdo a la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA, por sus siglas en inglés), de octubre de 2014 a abril de 2015 en Estados Unidos se detuvieron a 70 mil 440 personas, mientras que en el mismo lapso, en México 92 mil 889 inmigrantes fueron deportados, lo que representa más de 20 mil expatriados que en territorio estadounidense.

A diferencia de lo ocurrido entre octubre de 2013 y abril de 2014, cuando la Unión Americana detuvo 162 mil 751 ilegales y en territorio mexicano sólo se realizaron 49 mil 893 arrestos, un poco más de la cuarta parte.

La constante en el alza de ilegales repatriados se refleja en las cifras más recientes. El “Anuario de migración y remesas México 2016”, elaborado por la Secretaría de Gobernación, el Consejo Nacional de Migración y la Fundación Bancomer, señala que las autoridades mexicanas deportaron 62 mil 788 centroamericanos en 2010, mientras que en 2016 fueron regresados a sus países 117 mil 990, un aumento de casi el doble.

Ya en el municipio tabasqueño, el centroamericano subió al también llamado Tren de la muerte, por el incontable número de muertos que consigo lleva a su paso, ahí la delincuencia le pasó cerca cuando un grupo de desconocidos asaltó el tren y golpeó al maquinista. Durante el atraco, a causa del miedo, muchos migrantes saltaron de La Bestia¸ entre ellos Juan. El grupo de forasteros se dispersó, por lo que Martínez Cortés quedó únicamente con un compatriota, Eduardo Palacio Pérez, de 22 años, con quien ha compartido el resto del viaje.

La estación Lechería del Suburbano es una de la principales escalas que los migrantes centroamericanos hacen para descansar y juntar provisiones para continuar su camino. (Foto: Rodrigo Gutiérrez González)

Después de tres semanas de recorrido, Juan y Eduardo están varados en la estación Lechería del Tren Suburbano, ubicado en el municipio Cuautitlán Izcalli, Estado de México, lugar donde muchos migrantes hacen parada, juntan dinero y provisiones para continuar el viaje. Ambos agradecen la hospitalidad de la gente mexicana, a la cual definen como bondadosa, sin embargo en ocasiones no son tratados decentemente y la discriminación se convierte en una constante durante su trayecto.

“Pedimos unas cuantas monedas para comprar alimentos, la gente nos da y cuando no tiene plata nos regala comida o agua, en general son personas bondadosas pero no todos […] cuando recién llegamos una persona de la nada le soltó un golpe en el ojo a Eduardo y después se echó a correr. Además, el policía que cuida la entrada al suburbano nos corrió de las afueras de la plaza porque según le damos mala imagen al lugar”, aseguró el guatemalteco.

Mientras piden un poco de dinero, Martínez Cortés recuerda lo que dejó en tierras guatemaltecas: “Allá no hay trabajo, no uno digno, sólo jornadas de más de 16 horas con pagos de 60 Quetzales (150 pesos mexicano) y con eso no alcanza”.

La pobreza en Guatemala abarca el 59.3% de la población, dicha situación provoca que los casos de hambruna sean comunes, sobre todo en menores de edad. En 2016, hasta el 12 de octubre, se registraron 111 niños menores de 5 años muertos por desnutrición.

Juan lamenta abandonar a su familia, más cuando su madre se encarga del cuidado de su padre, quien a causa de la diabetes quedó inválido, “me duele dejarla sola, pero sin mí, ya es una boca menos que alimentar”. De lo que no se arrepiente es de dejar su país, pues le gusta conocer nuevos lugares, más que una infortunada travesía lo ve como una aventura en el historial de su vida.

Pese a llevar apenas una tercera parte del viaje, el indocumentado cree que ya cumplió con lo más largo de la jornada, aunque es consciente de los riesgos que le esperan en el norte de México: “si no nos mata el tren, nos matan otras personas”.

Al ser cuestionado si vale la pena exponer la vida en su intento de llegar a Estados Unidos, Juan mantiene el silencio, únicamente sonríe.

No sabe en cuanto tiempo llegaran al fin de la marcha y no hay quien los espere allá, se juega la vida para cumplir un sueño tan común que parecería extraño el que tenga que huir para lograrlo, “¿Para qué quiero llegar a Estados Unidos?, quiero un trabajo, conseguir una mujer y hacer una familia, nada más”.

Cuando uno se va de su país renuncia a algo más que su patrimonio, familia y amigos, en ocasiones deja su identidad: “Llega un momento en el que no te sientes ni de allá, ni de aquí, ni de a dónde vas”. Aquel hombre de ninguna parte cree –ingenuamente quizá- que ya ha pasado lo peor, a sabiendas de los peligros, él continuará adelante confiando que su viaje terminará pronto: “mi corazón dice que voy a llegar sano y salvo… y así será”.

 

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