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¿Por qué no pude dejarme los audífonos?

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Jueves 4 de mayo

Salgo de casa con los audífonos puestos rumbo al Metro de la Ciudad de México. Camino dos minutos, un hombre me mira de arriba abajo ¿será que debí traerme un suerte puesto? No lo creo, es primavera en esta caminata y con el sol de punto a punto no es lo más factible. Continúo caminando, otra mirada llega a mi, la ignoro y apresuro el paso. Van sólo tres minutos de canción, no quiero que termine. Giro a la derecha, la estación está muy cerca pero quiero detenerme a comprar un agua, olvidé la mía en casa ¡maldita sea! ¿Y si mejor la compro al llegar a mi destino?, mejor no, llegaré tarde.

Al fin llegué a la estación, casi termina la canción. Logro pasar los torniquetes con la melodía sonando en mis oídos, subo las escaleras a prisa. He llegado a los andenes, camino directo hacia los vagones principales. La canción ha terminado justo a tiempo. Silencio.

Termina mi travesía en el Metro. He llegado al punto donde debo preguntar ¡olvide que ya no tenia datos en el celular!, pude haber consultado la dirección antes. Es momento de quitarse los audífonos, camino a paso apresurado.

Me dirijo al checador de las unidades que me llevaran a mi destino. Hola, buenas tardes, ¿sabe cuales son los camiones que me dejan en Perinorte?, pregunto sin desviar la mirada. El hombre me mira de arriba abajo y le murmura algo a quien lo acompaña. Los que están hasta adelante te dejan, guapa ¿quieres que te acompañe?, vacila despreocupado lanzado una bocanada de humo del cigarro que esta fumando. Gracias, murmuré sin dar respuesta y colocándome los audífonos inmediatamente.

Subo al transporte, me dijo el cacharpo que me cobraban en un momento mientras lanzaba un gargajo al suelo.

El chófer sube a la unidad. Lleva lentes oscuros y su aliento alcohólico me dice dos cosas: Que ha bebido en el día o que comió un chocolate envinado por los restos que aun se encuentran en sus dientes.

Me encuentro en los primeros asientos. El chófer cobra mi pasaje primero. Voy a Perinorte ¿puede avisarme cuando lleguemos? -pregunté teniendo aun los auriculares puestos con la música baja. Asiente y sigue cobrando.

El camión arranca, junto a él se suben dos personas más. Por lo que escucho, uno es su hijo y el otro -quien va en las escaleras de la unidad gritando los destinos- es su amigo.

Voy sola en la unidad, comienzan a sudarme las manos. El paso de esta va lento. Pasan cosas extrañas en mi cabeza. Su hijo se sienta alado mio, no deja de observarme mientras se ríe. Miro por la ventana… Una persona hace la parada al camión. Respiro.

Es el Estado de México -recordé- procedo a quitarme los audífonos y a guardar mi teléfono estratégicamente “no vaya a hacerla de malas”, recordó mi mente en voz de mi madre.

Después de una hora treinta y cinco minutos de murmuros entre los tres individuos, estoy por llegar a mi destino. ¡Al fin!

Este es Perinorte, guapa, ten cuidado al bajar mamasita – dice riendo el hijo del chofer.

Bajo apresurada sin tomar la mano para descender de la unidad.

He llegado…

¿Por qué no pude dejarme los audífonos?

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Si fuese un personaje de película, sería esa chica que no para de beber café, se despierta con jazz por las mañanas y vive sumergida en Florencia Comunicologa organizacional. En mis ratos libres soy la Mujer Maravilla

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