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El olvido de Chiapas: la lucha que sigue en pie

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El 1 de enero de 1994, primer día del último año de Carlos Salinas de Gortari como Presidente de México, estuvo marcado por la entrada en vigencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), el cual fue firmado por Canadá, Estados Unidos y México desde el 17 de diciembre de 1992.

Sin embargo, los reflectores estaban mucho más atentos a otro acontecimiento, una voz que se alzaba desde lo más profundo de la Selva Lacandona, en Chiapas, para reclamar justicia, democracia, el respeto al país y, sobre todo, a las poblaciones indígenas, a ese número estadístico de personas que vivían (y continúan viviendo) en extrema pobreza, los olvidados de todos los sexenios. Esta voz le pertenecía al Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), un grupo diverso de indígenas y mestizos que se formó en Chiapas en 1983.

Once años después de su fundación, liderados por Rafael Sebastián Guillén Vicente, mejor conocido como el Subcomandante Insurgente Marcos (actualmente Subcomandante Galeano), los miembros del EZLN, armados y cubiertos con pasamontañas, hicieron su primera aparición pública al iniciar, sin previo aviso, un levantamiento en Chiapas donde fueron tomadas siete cabeceras municipales, entre ellas San Cristóbal de las Casas, Altamirano, Las Margaritas y Ocosingo.

El mismo día dieron a conocer la llamada Declaración de la Selva Lacandona, en la cual hacen un llamado a la población mexicana en general que se unan en contra del avance del neoliberalismo en el país, esto fundamentado en el artículo 39 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, el cual señala que:

Subcomandante Marcos. Fotografía: Reproducción

«La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo el poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene, en todo tiempo, el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.»

Otro de los motivos del levantamiento, según indica el documento, es el constante estado de lucha en el que Chiapas se ha encontrado durante siglos:

«Somos producto de 500 años de luchas. […] Hombres pobres como nosotros a los que se nos ha negado la preparación más elemental para así poder utilizarnos como carne de cañón y saquear las riquezas de nuestra patria sin importarles que estemos muriendo de hambre y enfermedades curables, sin inmortales que no tengamos nada, absolutamente nada, ni un techo digno, ni tierra, ni trabajo, ni salud, ni alimentación, ni educación, sin tener derecho a elegir libre y democráticamente a nuestras autoridades, sin independencia de los extranjeros, sin paz ni justicia para nosotros y nuestros hijos.»

En lengua tapetchia, Chiapas significa «cerro de batalla», lo cual es una condición que si bien se reafirmó hace 21 años con el levantamiento zapatista, se ha mantenido desde tiempos de la Conquista y la Colonia españolas.

Bases de apoyo del EZLN marcharon en silencio en la ciudad de San Cristobal de las Casas, Chiapas, este 21 de diciembre del 2012. La Jornada//Victor Camacho

El estado de Chiapas se encuentra en el sureste de México, tiene una superficie de alrededor de 70 mil kilómetros cuadrados (siendo el octavo estado más grande del país) y colinda con Guatemala. Es un estado agrícola casi en su totalidad y destaca su producción de café, maíz y mango. Su territorio está enmarcado por la Sierra Madre de Chiapas y el Macizo Central, además de grandes valles y llanuras, lo cual posibilita una enorme diversidad climática y biológica en la zona. En resumen, esta región, hablando de recurso naturales, es una de las más ricas del país.

Entonces, ¿por qué la población de Chiapas tiene uno de los índices más altos de pobreza en México? En el artículo titulado La inexorable apropiación de la tierra por los indios (La Jornada, 2002), Dolores Camacho y Arturo Lomelí citan a un campesino indígena que define la «gran paradoja de Chiapas»:

«Vivimos en chozas en medio de nuestra riqueza, de nuestra tierra, y nos opondremos a cualquier otro proyecto, aunque sea de desarrollo, que nos aparte de ella.»

En 1524, tres años después de la caída del Imperio Mexica a manos de los conquistadores españoles, se llevó a cabo la primera expedición armada que se internó en territorio chiapaneco, y siguiendo la estrategia de Hernán Cortés, quien se aprovechó de las diferencias entre los tlaxcaltecas y los mexicas para poder debilitar a estos últimos y entrar a Tenochtitlan, los conquistadores lograron poner en contra a los distintos grupos indígenas que existían en la zona.

No obstante, los nativos no se dejaron vencer tan fácilmente. De acuerdo con los testimonios de Bernal Díaz del Castillo, autor de Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, los indígenas:

«Eran en aquel tiempo los mayores guerreros que yo había visto en toda la Nueva España y esto digo porque jamás México los pudo señorear. […] Los naturales eran en gran manera belicosos y daban guerra a sus comarcanos.»

Fue hasta 1528, luego de que la población se vio mermada por las epidemias que sufrieron a causa de la contaminación biológica de los españoles, y sumando a eso las constantes torturas y maltratos causados por los conquistadores, cuando los chiapanecas aceptaron pagar tributo, además de la presencia en la región de Diego de Mazariegos, enviado desde España para tranquilizar revueltas indígenas y quien posteriormente fundó San Cristóbal de las Casas.

Cuatro años después se volvieron a levantar en armas, aunque esta vez fueron brutalmente sometidos. Cuentan las leyendas que durante esta última revuelta, hubo indios que prefirieron lanzarse a un acantilado antes que doblegarse al dominio español. Dicho saqueo está bien resumido en el Chilam Balam con la frase: 

«Para que su flor viviese, dañaron y sorbieron la flor de nosotros.»

Los indios chiapanecas no se dieron nunca por vencidos realmente. Tiempo después, a mediados del siglo XVII, buscaron comenzar la recuperación de sus tierras y de la dignidad de sus poblados. Los mestizos se concentraron principalmente en las zonas que habían quedado despobladas luego de la conquista, es decir, en las costas y en los valles centrales, mientras que los habitantes de las zonas montañosas continuaban siendo, en su mayoría, indios que habían sobrevivido a los ataques.

Para el siglo XIX, al finalizar la colonia, los indios y los mestizos fueron desplazados y despojados de sus tierras de nuevo con el pretexto de integrar la región a los proyectos modernizadores de la época. Así surgió la finca, sistema que le otorgó el poder sobre el territorio a unas cuantas familias y convirtió a los indígenas en mozos y jornaleros, algo cercano al sistema feudal medieval. En algunas zonas, este modelo prevaleció incluso hasta los años noventa.

Posteriormente, ya entrados en el siglo XX, el reparto agrario promovido por el entonces presidente Lázaro Cárdenas causó que, hasta hace algunos años, 4 millones de hectáreas sean propiedad social (ejido o comunidad), mientras que el resto del territorio es propiedad privada.

Empero, los gobiernos posteriores, conociendo la riqueza natural de la zona, han continuado con la explotación de los pobladores para sacar el mayor provecho de los recursos, sin tomar en cuenta en ningún momento la dignidad humana de los pueblos. Al menos, hasta 2012, existían en Chiapas casi 60 concesiones para explotación minera relacionadas también con la explotación de petróleo en Centla.

El sistema capitalista ve a la tierra como un medio de producción, la cual si no se aprovecha o no se hace producir, no tiene valor alguno, mientras que los pueblos indígenas tienen una perspectiva más profunda de ésta, al percibirla como su origen, como la madre que da vida y les proporciona lo necesario para coexistir.

Por ello, el despojo de sus bienes a manos del gobierno y de las trasnacionales representa para ellos el asesinato de su cosmovisión, del motor que les da vida, por lo cual no es extraño que la defiendan con tanta pasión. No les importa el dinero, sino mantener a la tierra fértil, viva, darle lo que necesita para que ella corresponda también con lo que tiene para ofrecer.

Movimientos como el iniciado por el EZLN en 1994 han contribuido a que la lucha de reapropiación de las tierras por parte de los pueblos indígenas persista. Si bien sus modelos de vida, los cuales incluyen un sistema propio de leyes y normas para regular la convivencia entre los habitantes, es muy difícil puedan llegar a aplicarse en todo el país, mientras permanezcan en pie, son un ejemplo de que, de una u otra forma, se puede combatir al mal gobierno desde lo particular hasta lo general.

No es extraño, por tanto, que personajes de la clase intelectual, no sólo mexicana, sino también de diversas partes del mundo, como Luis Villoro, Jorge Volpi, Javier Sicilia, Pablo González Casanova, entre otros, hayan apoyado desde sus inicios y de manera tan ferviente dicho movimiento.

Subcomandante Marco en el Zócalo Fotografía: Reproducción

Además, buscan contrarrestar los efectos del positivismo y del neoliberalismo al tomar en cuenta en sus modelos sociales el impacto que tiene el lenguaje, las artes y la exaltación de determinados valores que se han ido perdiendo en las sociedades modernas, algo que en palabras del mismo Subcomandante Marcos se expresa como:

«Cultivar la vida en vez de adorar a la muerte. […] [Los zapatistas] en vez de formar guerrilleros y soldados, prepararon promotores de educación y de salud: para levantar las bases de su autonomía y permitirles mejorar sus condiciones de vida.»

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Lectora de tiempo completo y escritora entre sueños. Su cuarto está lleno de poemarios, pósters de superhéroes, fotografías, recortes de revistas, letras de canciones de Depeche Mode y The Clash y lápices. Está segura de que su gato es la reencarnación de Arthur Rimbaud y que Allen Ginsberg le habla mientras duerme. A veces tiene pesadillas con Skynet.

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