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¿Qué tanto te miro?

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¿Qué tanto te miro?, esa es la pregunta obligada que haces al ver aquellos ojos prominentes, acompañados de un par de cejas curveadas e innumerables pestañas enormes.

¿De verdad quieres saber qué tanto te miro, o únicamente es el primer reflejo ante los nacientes sentires de una mirada constante?

Sin importar cuál sea el verdadero motivo del cuestionamiento, busco darle explicación a la reciente duda.

¿Qué tanto te miro? Tu cabello, aquella calamidad enmarañada de color indeciso que busca alivianar la confusión con un pequeño moño el cual, inexplicablemente y ante la negación de la propietaria, halla la solución para provocar el deseo de pasar las manos en la seda de su caída.

Tus ojos, dos formidables cuencas del tamaño de una galaxia que como miles de estrellas iluminan mi mirar, un par de agujeros negros en donde el espacio-tiempo deja de existir, el dúo de luceros castaños oscuro que hacen de mí existir una razón para volver sentir.   

Tus labios, lo único que podría distraerme de tus ojos, el punto máximo de la atracción mortal, el color carmesí que puede volver loco al más susceptible de la cordura, aquellos suaves bordes de donde salen las palabras más anheladas.     

Tu silueta, tan perfecta para estos ojos convexos que desmentirían de manera insolente las ideas freudianas al asegurar que se puede amar al mismo ser que se desea.

Pese a lo ya escrito, ante las diversas palabras y la manera atropellada de buscarle una explicación a la cuestión, sin importar cada uno de los elementos detallados, al final del día, cuando preguntas qué tanto miro, la respuesta inmediata siempre serás tú.

No hago otra cosa que pensar en ti

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Sólo soy un hombre de ninguna parte, de ningun lado, haciendo nada para nadie.

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