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Scarlett

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Lo que nadie sabe, nadie supo y nunca, nunca sabrá, son aquellas historias escondidas en el metro de la Ciudad de México. El mes era octubre ¿el año? 1967. La muerte se albergó el primero de ese mes y no cesó hasta los veinticuatro posteriores. Llamadas a la policía ¿el suceso?: Mujer joven entre 20 años, hallada en el penúltimo vagón que circulaba por la noche, ¿causa de la muerte?: Asfixia, sin rastros de violación, ¿oficio?: Maestra de preparatoria. Ese incidente perduró por todo ese día y la policía pensaba que había sido una riña de relación, pero no se dieron cuenta de lo que pasaría los días posteriores.

Trascurría el día dos, el tres, el cuatro, el cinco, el seis… y el día siete llegó

Se recibió la misma llamada. En la escena, la mujer se encontraba tendida en los asientos con las manos entrelazadas sobre su abdomen. Conservaba su ropa y todo a su alrededor permanecía intacto, solo se encontraba algo alarmante: los ojos de las mujeres fallecidas, siempre se habían encontrado abiertos de par en par, aquellos ojos que un día se perdieron buscando respuestas, se quedaron mirando a la nada.

Los días continuaron y la suma de las muertes aumentaron. Las investigaciones comenzaron a relucir sin conseguir nada, no había ningún señuelo, alguna pista del implicado. En los asientos las escenas del crimen repetían los patrones: Mujeres jóvenes, profesionistas, sin rastro de violación y asfixiadas todas encontradas con los ojos abiertos y en la misma posición. Las muertes seguían y transcurrían hasta que llegó el día veinticinco en donde Scarlett relata, fue un día que nunca olvidará en toda su vida.

Abordó el último vagón que salía del metro de la Ciudad de México, alrededor de las doce de la noche ella subió. Se cerraron las puertas y el tren comenzó su marcha. Scarlett procedió a sentarse en uno de sus asientos, impaciente por llegar a su hogar. Profesionista desde no más de dos años. Atareada por la hora, lo único que quería  era descansar, beber una taza caliente de café y recostarse en su cama, leer un párrafo o quizá dos de aquel libro que la traía loca por semanas y quedarse perdida en los brazos de Morfeo. Pero no todo fue así, justo cuando el tren abordó el tren una de las luces de aquel vagón donde se encontraba, comenzó a parpadear, cuando dejó de hacerlo, un hombre alto, con una gabardina larga se le acercó. 

Scarlett había escuchado de aquellas muertes que habían sucedido justo en ese vagón pero no temió, su mirada se dirigió justo a la de ese hombre, no parpadeó, lo único que hizo, fue levantarse de su asiento y trasladarse hacía otro vagón. Caminaba erguida, sin temor, lo que tenga que ser, que sea – se dijo ella misma. Giro su cuerpo y se encontró de frente ante ese sujeto de gabardina, siguió mirándola a los ojos y lentamente dirigió sus manos para posarlas alrededor de su cuello. Scarlett comenzó a sentir una presión inigualable, comenzó a sollozar, pero trató de tranquilizarse, no dejó de mirarlo, no volteó la mirada en ningún momento y para sorpresa de Scarlett, el rostro de aquel hombre tuvo una mirada que ella no pudo describir. Poco a poco, fue reduciendo la fuerza de sus manos alrededor del cuello de Scarlett, hasta que de un momento a otro, las quitó.

Alterada, Scarlett comenzó a sollozar pero simplemente su mirada seguía firme. Aquel hombre, la tomó en si, la sentó en donde posiblemente Scarlett hubiera estado si hubiese muerto. Él se levantó, dejó que el tren llegara a la última dirección y bajo de él. Scarlett perpleja, no podía entender lo que acababa de ocurrir. Llevo sus manos alrededor de su cuello y bajó del tren a la par que el lo había hecho, no sabía porque quería perseguirlo pero ya no estaba, había desaparecido de la misma manera en que se le había mostrado de frente.

Scarlett no dio parte a la policía, pero en su mente se alberga ese recuerdo de como aquel hombre la tomó y si hubiera muerto, lo último que hubiese visto, era aquellos ojos que hacían fuerza y mantenían abiertos los suyos.

Un año después de esos acontecimientos, el segundo de los torniquetes del metro. Cuando lo arreglaron, al abrirlo, contenía todos los boletos, pero para sorpresa del técnico, veinticinco de esos boletos tenían la esquina superior mordida. A nadie le pareció extraño ese hecho, fue curioso. El tiempo siguió pasando y no hubo ninguna muerte igual a este tipo, la policía seguía sin explicarse, ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué las había matado? ¿Por qué no encontraba nada acerca de su paradero?.

El primero de octubre, dos años después de aquellos incidentes, un hombre caminaba directo a los torniquetes, justo antes de meter su boleto, mordió una esquina y entro directo. Aquel hombre del cual su paso era lento, llevaba puesta una gabardina…

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Si fuese un personaje de película, sería esa chica que no para de beber café, se despierta con jazz por las mañanas y vive sumergida en Florencia Comunicologa organizacional. En mis ratos libres soy la Mujer Maravilla

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