Me volteé a ver en el espejo y vi mis ojos rojos, reflejo del dolor, reflejo de la furia, reflejo de todo aquello que estaba soltando, reflejo de todas aquellas costumbres que me hacían ser quien era. No sé de dónde salió tanto enfado, pero era una lucha constante entre mi propio ser y mis pensamientos; era como algo que me jalaba a viejas costumbres.
Después de escribir que era mejor honrar el cuerpo, que era mejor la sensación de sentirse y verse fuertes, capaces, mi pensamiento y mis costumbres me comenzaron a decir: tú no, tú no, estás sola, eres insoportable, voltea a tu alrededor: ¿quién está? Solo tú. Me comencé a callar, me metí enteramente al entrenamiento en ese momento y miré hacia mi reflejo; mi cuerpo fuerte comenzaba a distorsionarse nuevamente, la piel y los bultitos que sobraban de mi abdomen me comenzaban a estorbar, comenzaba a temblar, a temblar, y vi la furia en mis ojos, vi mis ojos completamente rojos.
Estaba luchando por no caer en mis propias provocaciones, por no caer nuevamente. En el entrenamiento, en algún momento, me detuve para gritar de dolor, me detuve para hacerme bolita un rato, como si mi ser me quisiera castigar por estar cambiando y al mismo tiempo me decía: ¡basta!
No es verdad, no es verdad, eres fuerte, inteligente, capaz, sigue, no te detengas. Tomé un cigarro, fingí prenderlo y lo solté. Comencé a correr, como si mi ser completamente dependiera de eso; mi mente se entrometía, me enseñaba imágenes de mí ahorcada, quería hacerlo, quería hacerlo. Me dejé caer nuevamente: “¿De qué te sirve ahorcarte si ya te estás ahogando?”. —Sigue—. Me levanté: abdominales, uno tras otro; seguía: no vas a fumar, ahorita no, así no.
Había pasado un tiempo desde que no tenía una crisis así; mi psicólogo me enseñó a no tenerles miedo, me enseñó que tenerlas no era recaer, me enseñó que el cómo actuaba frente a ellas hacía la diferencia.
¿Cuál fue la diferencia hoy?
No me maltraté, no paré, aunque mi mente me estuviera jugando en contra, aunque me gritara: ¡Estás sola! Me repetía: yo me amo, yo me amo, yo estoy aquí, aquí estoy, aquí estoy para ti, chiquita, no lo escuches. Me llena de orgullo porque fui mi propio lugar seguro, porque lo que te dices en esos instantes sienta un precedente para tu propia confianza: la construye o la destruye. Elegí no destruirme.
A veces sí me siento una loca, ¿pero quién en este mundo no lo está?
La ira, la furia, el enojo son emociones que también hay que atravesar; creo que es mi emoción central y la más incómoda para sobrellevar. El hecho de no discutir o decidir quedarse callado no niega una realidad: existe el enfado. “El enojo es la emoción que más te respeta, porque es aquella que te hace saber que alguien o tú sobrepasaron tus límites”, no sé dónde leí esa frase, pero le encontré algo de cierto.
La diferencia con esta emoción es sobre qué decides hacer con ella. Mi psicólogo, para ayudarme a sobrellevarla, me dijo: “Siempre recuerda que quieres a la persona con la que estás peleando”, y en su momento aprendí a controlarme, pero, pasado el tiempo, justamente, el control era lo que me llevaba a la frustración, hasta que ahora lo entendí: ni siquiera se trataba de control, se trataba de —aprender—. Ciertamente podemos cometer errores garrafales, lastimarnos, lastimar, pero también la ira, el enfado, te lleva a un cambio, te lleva a levantarte. Muchas manifestaciones no iniciaron porque la gente estuviera precisamente feliz, iniciaron porque el enfado llegó a su límite.
Siempre me dijeron que era muy explosiva, agresiva y siempre luché contra eso, queriendo demostrar lo contrario: que no, que estaba muy cuerda, que era tranquila y amorosa. El sábado en la mañana se prolongó mi crisis. Acostada y llorando, comencé a reír, a reír tan fuerte como aquel que ha perdido la cordura, que se ha dado cuenta de que aceptar siempre fue más fácil que intentar convencer. ¿Cuántos años perdí y cuánta frustración me tragué únicamente para no molestar con mi “explosividad”? Muchísimos años, amigos, muchísimos. Y con esto no te digo que me he reivindicado y que ahora seré lo que dicen que soy, yendo por la calle pateando perritos solo porque estoy enfadada, ja, ja.
En este tiempo de reflexión, me pregunté de dónde viene tanto enfado, de dónde viene el ímpetu de aferrarme a defender lo que creo, lo que pienso y, al mismo tiempo, me sentía tan culpable de ser así, pero no podía evitarlo. A veces lograba quedarme callada, pero otras veces bastaba con una sola frase para romper la armonía o, bueno, para echarme la culpa de romperla, porque la armonía ya estaba rota desde un principio.
Recuerdo que tenía entre 9 y 10 años. Mi mamá, mis hermanas y yo íbamos llegando a casa. De la nada, mi hermana más pequeña camina mal y cae, comienza a llorar, mi mamá la intenta tranquilizar y ella comienza a decir: —“Angie me tiró”—, —“Angie me tiró”—, señalándome. Me quedé helada y mi mamá me comenzó a cuestionar. Mi mamá estaba cansada también, así que comenzó a hablar desde su frustración y de cómo nosotras no hacíamos nada. Recuerdo repetirle: —“Yo no la tiré”—.
Ella siguió sin escuchar y comenzó a acorralarme. En un arrebato de frustración le grité: —“¡Que yo no tiré a tu hija!”—, y ella, en ese momento, alzó su mano dándome un tremendo bofetón, dejándome su mano marcada en mi cachete. Me dijo “igualada” y en ese momento sentí ardor en la cara, ardor en la sangre, tanto enfado, impotencia. Cuando ella le preguntó a mi hermanita nuevamente después de la escena: —“¿Angie te tiró?”—, ella contestó: —“No”—. No hubo disculpas, solo un vacío en el pecho, dándome cuenta de que tenía una voz y esa voz me llevó a situaciones más desfavorables que favorables, honestamente.
Quería ponerme poética, pero no, perdí más. Te diría “tengo paz”, pero ni sé habitarla; si no es el entorno, el caos soy yo. Mínimo así ya tendría a quien echarle la culpa, ¿no? Pero ya lo hice, lo elegí o me orillé a elegirlo. —Tengo muchas pláticas frente al espejo, lo recomiendo mucho—. —“Ya nos elegimos, puedes dar vuelta atrás y ceder, perder la dignidad y pedir perdón por algo que no hiciste, o seguir”—. Qué curioso cómo los momentos se repiten, con razón andaba muy enojada.
Otra vez la pregunta: ¿quién se beneficia de nuestra pasividad? Y con esto no te digo: ve y destruye a la gente, destrúyelo todo, déjate gobernar por la ira, explota, hiere. No, ni te hieras a ti mismo ni hieras a los demás. Si no sabemos cómo sentir enfado sin hacer daño, creo que ahí hay cosas que trabajar.
La ira fue mi motor por mucho tiempo y hoy disfruto del box. Hay espacios donde cabe la ira: en el arte, en el ejercicio o en algún deporte. Corre, grita, llora, conozcamos nuestro enfado: ¿qué le gusta? Por ejemplo, al mío, por lo visto, le gusta castigarse. ¿Masoquista? Tal vez. Esta vez que canalicé mi ira intercalándola con el ejercicio, sin cortar la emoción con el cigarro, fue incomodísimo, pero me abrió una puerta de oportunidad de reflexión; algo que comenzó por la manera distorsionada en la que me veía terminó en yo riéndome, aceptando que no había nada más que hacer, que por más que te esfuerces en traducirte, en no ser demasiado, en no actuar como una loca, en no ser explosiva, cuando ni siquiera había sacado un 10% verdadero de mi histeria, aún había más, y me dije: “Vivía más frustrada yo y, aun así, creyeron y entendieron lo que quisieron”. Así que sí, soy una histérica, loca, explosiva, agresiva, pero también soy un ser que da mucho amor, que te ve a los ojos y que está aprendiendo a habitar la paz.
Siempre seremos demasiado para la gente a la que le convenga que nos guardemos, que nos hagamos chiquitos, que andemos con temor y cuidando nuestros pasos. La realidad es que me equivocaré mucho y ofenderé, pero ese ya es mi problema y son cosas que se convertirán en reflexión; pero es algo que solo a uno le corresponde. ¿Cómo voy a aprender del error si ni siquiera me expongo a él? ¿Cómo voy a aprender de algo si vivo controlando no sentirlo? —Hablo únicamente de las emociones; no vayan a hacerle daño a nadie ni a ustedes. Mi ansiedad me dice que tengo que especificar muy bien, porque luego la gente es bien creativa—.
Aprendamos a fluir bonito, creemos arte, escritos, poesías, revoluciones desde nuestra ira, pon música de fondo y cántala bien fuerte. El enfado no es malo, solo que, en lugar de enseñarnos a sobrellevarlo, aprendimos a reprimirlo y es ahí cuando se vuelve un problema, porque no sabemos cómo actuar cuando la ira se apodera de nosotros y herimos o nos herimos.
¿Cómo es tu enfado? ¿Qué haces cuando estás enfadado? ¿Cómo eres ante una situación de conflicto?
Grita, canta fuerte, corre; total, mejor que te señalen de loco que ser la persona que amedrenta a otros por no saber habitar su ira. Hoy entiendo que la ira como la tristeza, la alegría, el miedo, es otra emoción que nos esta diciendo algo que nos duele, que nos lastima ¿Qué será? ¿Qué nos dice el enfado de nosotros? ¿Qué me está pidiendo a gritos mi ser? ¿Qué me está pidiendo que cambie?
Te mando un abrazo.
Angélica Sánchez.