Hace muchos años, algo se rompió. Dejamos de ser. Nos arrancaron la empatía. Dejamos de sorprendernos y de abrazarnos. La tecnología nos convirtió en zombis y lo permitimos.
Hay verdades que no se pueden maquillar con boletines de prensa ni con curvas estadísticas a la baja. Cuando comencé a publicar las columnas de El recuento del dolor, hace diez años, a principios de 2017, mi objetivo no era convertirme en una fría contadora de números. En aquel primer texto invitaba a una reflexión que entonces tuvo poco eco: ¿por qué la inmensa mayoría de nuestra sociedad tolera y calla los feminicidios? Dolorosamente, la respuesta aún sigue suspendida, pero nuestra labor no se ha detenido. Una década después, vuelvo a ver los datos acumulados y las columnas publicadas, y la herida sigue abierta: sangra con la misma impunidad institucional de siempre.
Aurora, Rosa María, Dulce, Geraldine, Mónica, Paula, Verónica, Liliana, Frida, Mariana, Jessica, Lourdes, Violeta, Viviana, Citlalli, Rebeca, Elizabeth, Fernanda, Rosaisela, Guadalupe, Estefanía, Pamela, Virginia, Camila. Los nombres se repiten una y otra vez. Las vidas se pierden en la inmensidad de una violencia que parece ceder por momentos, pero que se mantiene constante.

Durante estos diez años, en notas periodísticas y en las historias de las familias que acompañamos desde Voces de la Ausencia, hemos documentado un total de 7 mil pequeños que se han quedado en la orfandad entre 2016 y 2025. Niños y niñas a quienes pocas veces se vuelve a mirar. Muchas de las vocecitas que acompañamos desde hace muchos años han crecido con el dolor de saber que sus madres no van a regresar. Nuevamente, no son números: son vidas rotas, una realidad difícil de reconstruir, cuyos efectos sobre estos inocentes muchos ni siquiera alcanzan a imaginar.
Si bien los casos de mujeres adultas mayores descendieron a 61 —mujeres de entre 60 y 90 años— en nuestra documentación de 2025, en estos diez años, 600 de ellas fueron privadas de la tranquilidad y de la vida por sus propias hijas, hijos y nietos: aquellos a quienes cuidaron y que, al filo de su vejez, las exterminaron cruelmente.
Sostener esta memoria ha implicado documentar una crisis que no se detiene, sino que se institucionaliza. Desde aquel primer recuento de 2016, las cifras oficiales del propio Estado han dibujado una ruta de horror que hemos registrado año con año.
Tomando en cuenta únicamente los feminicidios documentados periodísticamente por nosotros, la cronología de la omisión es contundente: a partir de 2016 registramos mil 559 casos; para 2017, la cifra subió a mil 831, y en 2018 alcanzó el punto más crítico, con mil 913 vidas arrebatadas. Los años siguientes mantuvieron el luto nacional: mil 857 en 2019, mil 837 en 2020, mil 707 en 2021 y mil 724 en 2022. Aunque para 2023 se reportaron mil 293 y en 2024 la cifra bajó a mil 210, el ciclo de impunidad se extendió hasta 2025, con 941 casos.
La supuesta tendencia a la baja de los feminicidios no es sinónimo de justicia real, sino del perfeccionamiento del subregistro y la simulación. Estamos hablando solamente de nuestra documentación: 15 mil 872 mujeres y niñas han sido arrebatadas e invisibilizadas en la monotonía del día a día.
El balance de nuestra documentación periodística independiente al cierre de este último año es demoledor y exhibe el abismo que separa la realidad del discurso oficial. Mientras el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) insiste en limpiar sus carpetas al reportar únicamente 725 feminicidios, los registros minuciosos que construimos junto a las familias indican otra verdad: en 2025, nuestro seguimiento documentó 941 feminicidios y 547 homicidios dolosos de mujeres y menores. Un total de mil 488 vidas fueron truncadas. Estas cifras demuestran cómo, en México, la violencia de género se registra en carpetas de delincuencia común, en un intento sistemático por evitar el costo político mediante la negación de la verdad.

El horror se vuelve aún más profundo cuando entramos al desglose de la vulnerabilidad. De los 941 feminicidios registrados por nuestra labor en 2025, 68 se cometieron contra niñas de cero a 17 años: infancias rotas a las que los feminicidas les arrebataron el futuro. Asimismo, documentamos la crueldad extrema hacia nuestras raíces, pues 61 adultas mayores fueron asesinadas, y visibilizamos la persecución histórica contra la diversidad al registrar 19 transfeminicidios: crímenes de odio que las fiscalías locales se niegan sistemáticamente a reconocer y tipificar.
Detrás de ese dolor desglosado están las verdaderas tragedias que documentamos día con día. Está la historia de la mujer arrojada desde un auto en Ciudad Renacimiento, Acapulco, cuyos familiares —desesperados por la indolencia y la tardanza de los peritos— tuvieron que levantar el cuerpo por su cuenta a bordo de una carretilla. Está el horror de la mujer localizada entre matorrales en la carretera México-Puebla, a la altura de Chalco, cuyo avanzado estado de descomposición retrasó la labor forense. Está la historia de la joven Karla Carina ‘N’, ejecutada a balazos en el Estado de México. Están también los cuerpos maniatados hallados bajo el silencio vecinal en Tizayuca, Hidalgo, y San Juan Atenco, Puebla. Y está la historia de Indra Dafne, en Tijuana, quien fue asesinada el último día del año a pesar de contar con una orden de restricción que las autoridades solo firmaron en el papel, pero que nunca hicieron efectiva.
Durante diez años he aprendido que la distancia entre un «homicidio doloso» y un «feminicidio» en los archivos de las fiscalías estatales suele ser la pereza de un peritaje inicial, la pérdida deliberada de evidencia física o la alteración de la escena por negligencia de los primeros respondientes. Si las madres no gritan, si las familias no presionan y si no seguimos publicando estos recuentos, los victimarios se desvanecen en la sombra del olvido.
A las familias: nuestro eterno pilar y razón de ser
A cada una de las familias que caminan a nuestro lado, a las que forman parte de la red de Voces de la Ausencia y a aquellas que hoy enfrentan la crudeza del primer día sin su hija, madre o hermana, les dedicamos este balance de una década.
Estos dolorosos datos no son números fríos: son la constancia innegable de que sus hijas, niñas, abuelas y compañeras existieron, amaron y dejaron un vacío imposible de llenar.
Queremos decirles que no están solas en este desierto de impunidad. Cada nombre guardado en este archivo es un compromiso inquebrantable de memoria. No permitiremos que las fiscalías borren su exigencia de justicia ni que archiven sus carpetas.
Abrazamos su dignidad, su rabia y sus lágrimas. Su dolor es nuestro dolor. Mientras ustedes sigan de pie para buscar la verdad, nosotros prestaremos la voz y el cuerpo para gritar por ellas.
Mantener esta base de datos y publicar este recuento año con año ha costado amenazas, acoso digital y un desgaste emocional que rompe el alma, especialmente cuando hablamos de las infancias arrebatadas. «Todas duelen, pero las niñas y los niños nos rompen», y aún lo sostengo.
Mientras el Estado mexicano apueste por la opacidad para simular una paz que no existe, este espacio y los medios que nos abren las puertas serán el refugio de la verdad. No es una base de datos vacía: es el archivo de la memoria, la voz de la ausencia y el recordatorio permanente de que el dolor no se nos olvida.
La insensibilidad social ante el feminicidio es el síntoma más alarmante de una comunidad moralmente rota. Cada mañana, las portadas de los periódicos exponen cuerpos violentados, historias truncadas y familias devastadas; sin embargo, la respuesta colectiva suele transitar entre el morbo pasajero, la justificación de la agresión y el olvido institucionalizado. Frente a esta normalización de lo intolerable, nuestra labor durante estos años ha tratado de erigir un recordatorio incómodo, pero indispensable: detrás de cada fría estadística archivada por las fiscalías, hay una vida arrebatada, una identidad que dignificar y una familia que exige ser escuchada.
La indiferencia de la mayoría de la sociedad no es un estado neutral; es una postura activa de complicidad que perpetúa la impunidad. Mientras el aparato estatal y gran parte de la sociedad desvían la mirada, persiste el grito de las familias, que nos demuestran que la justicia no llega sola: se construye confrontando al sistema.
Por ello, debemos tener claro que erradicar el feminicidio exige desmantelar primero la tolerancia social que lo rodea. No basta con conmoverse ante la tragedia; se requiere transmutar la apatía en indignación colectiva permanente y en acciones organizadas.
Romper el silencio, educar bajo la cultura del consentimiento, transformar las coberturas periodísticas para evitar el morbo y acompañar de forma activa la exigencia de justicia de los familiares son pasos urgentes. Una sociedad que no defiende la vida de sus mujeres, niñas y niños está condenada a convivir indefinidamente con su propia degradación.
Llevo 20 años haciendo comunicación. He tratado siempre de ser responsable con lo que informo, tanto en mi canal como en mi blog FridaGuerrera. Llevamos diez años documentando el infierno, y lo hablo en plural —como lo he dicho en diversas entrevistas— porque, durante estos años, Daniel, mi esposo, ha sido mi pilar, mi mano derecha e izquierda y mi apoyo incondicional. Yo podré contarles un poco cómo vivo mi labor, pero solo él sabe lo que realmente es. Cuando regresé de Oaxaca, le conté que quería dedicarme de lleno a esto y que él tendría que ser el sostén económico de la casa. No dudó en aceptar. Él ha estado en este barco conmigo desde el inicio.
¿Por qué este año tardé tanto tiempo en presentar mi recuento de 2025? Porque, para darles todos estos datos, debo actualizar la información y dar seguimiento a las notas que documentamos. Mi principal labor era redactar las historias de mujeres, niñas y niños. No acompañaba casos en fiscalías ni en audiencias. No soy abogada y no me correspondía hacerlo; sin embargo, desde 2019 iniciamos también con ese acompañamiento, además de realizar investigaciones propias para coadyuvar al esclarecimiento de algunos casos de nuestras Voces de la Ausencia. Como es obvio, esto nos deja menos tiempo para mantener al día toda la información que recopilamos. Por ello tardé tanto en llevar a cabo esta actualización. Tristemente, en 2026 ya hemos documentado 730 feminicidios, 50 feminicidios infantiles y 20 transfeminicidios.
A veces, la desesperanza también nos gana. La autoridad federal solo habla de 380 feminicidios este año. Otra vez existe un desequilibrio importante entre sus fríos números y la realidad que nosotros palpamos todos los días. Tenemos claro que justo por esto se nos ha negado el acceso a la mañanera de la presidenta Claudia Sheinbaum. A pesar de haber enviado toda la documentación necesaria para concretar esta solicitud, Comunicación Social de Presidencia nos ha ignorado.
Balance anual del Recuento del Dolor 2025
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Criterio de registro / Grupo vulnerable |
Número de víctimas (2025) |
Observaciones sobre el subregistro institucional |
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Feminicidios totales |
941 |
El Estado (SESNSP) solo tipificó 725 casos y dejó fuera 216 historias bajo criterios burocráticos. |
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Homicidios dolosos (mujeres y menores) |
547 |
Casos clasificados provisionalmente por las fiscalías locales como delincuencia común o pendientes de que se acredite la razón de género. |
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Total de vidas arrebatadas |
1,488 |
El universo real documentado a pie de calle y con acompañamiento a las familias de las víctimas. |
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Niñas (de 0 a 17 años) |
68 |
Infancias rotas y feminicidios infantiles invisibilizados en los reportes generales de las autoridades. |
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Adultas mayores |
61 |
Crímenes de odio y violencia extrema cometidos contra mujeres de la tercera edad, vulneradas en entornos domésticos. |
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Transfeminicidios |
19 |
Asesinatos violentos contra mujeres trans que las fiscalías se niegan sistemáticamente a reconocer bajo protocolos de género. |
No las olvidemos
Por Alicia García (Colaboradora)
Desde hace ya unos dos o tres años colaboro con FridaGuerrera. No recuerdo exactamente en qué momento las cifras dejaron de ser números. Mes a mes, mientras hacía el recuento de los feminicidios en nuestro país, los nombres y los rostros de las mujeres que nos arrebataron comenzaron a incrustarse en mi mirada y en mis pensamientos.
Lo que sí recuerdo es que, cada vez que registro una muerte más, mi memoria guarda sus edades, sus rostros, sus nombres. Registro también la indolente subida de los feminicidios en México. Registro los silencios porque, como ya lo mencionó Frida, «la insensibilidad social ante el feminicidio es el síntoma más alarmante de una comunidad moralmente rota».
Las víctimas les duelen a sus familias e interpelan al Estado; también me duelen a mí y deberían dolerte a ti. Nos corresponde hacer resonar su voz y visibilizarlas. Me atrevo a mencionarlas como nuestras porque en cada uno y en cada una de nosotras debería caber un compromiso ético y de justicia con ellas y con las próximas generaciones.
Me pregunto si algún día no habrá un feminicidio más. Me pregunto si algún día las instituciones dejarán de abandonarnos y, en cambio, nos arroparán y protegerán. Me pregunto cuál es la respuesta ante la incertidumbre de nuestras hermanas violentadas por los machistas que conviven con ellas. Me pregunto si son suficientes los protocolos de protección y las leyes que existen para salvaguardar a las niñas y mujeres de nuestro país.
Mientras más colaboro, más interrogantes me surgen. A veces, la única respuesta que tengo es que sí: mientras haya víctimas, mientras haya mujeres violentadas, nosotros seguiremos de la mano con ellas y con sus familias para exigir justicia, para que sus ojos no dejen descansar a los culpables y para que nadie las olvide.
No las quiero olvidar. No quiero que ustedes las olviden. No podemos extirpar frívolamente de nuestra memoria colectiva sus nombres, sus historias y sus sueños que fueron acechados por la violencia feminicida.
¿Eres madre, padre, hermana, hermano, hija o hijo de una mujer víctima de feminicidio, desaparición o intento de feminicidio? Búscame. Ayúdame a visibilizarla y a contar su historia. Voces de la Ausencia.
P. D. A diferencia de las historias que contamos en este espacio, estas columnas (recuentos) son el resultado del trabajo periodístico (documentación) que todos los días llevamos a cabo. Lo hacemos con todo el amor y el respeto con los que siempre hemos realizado nuestras redacciones.