De apoyar la economía ciudadana con precios bajos a ser perseguido socialmente por “estorbar
¿Quiénes son las personas a las que hoy en día se persigue por resultar incómodas para la vialidad o para la vista?
Te cuento que, desde que tengo memoria, iba a los mercados acompañando a mi mamá, después a mi abuela y luego a mi abuelo, hasta que terminé yendo sola. Comprábamos $20 de garbanzos, $20 de nopales, tortillas y, a veces, alguna que otra verdura. Mi abuelito me decía: “Ve al puesto de la señora, la que está bien viejita; a la otra no le compres, esa me cae gorda”. Y así lo hacía: iba al puesto de la señora viejita, y vaya que lo era, pero siempre amable, a su modo, pero amable. Yo era “la nieta del ingeniero”; así me identificaban en aquellos ayeres. A mi abuelito le gustaba mucho platicar con las señoras de la verdura y, a veces, le daban de más.
Al cambiar de ciudad de residencia, sentí un vacío en las calles. Me faltaba esa cercanía de interactuar con esas personas a las que les preguntas por el precio del limón y terminan contándote cómo llegaron al pueblo, cuántos hijos tienen y lo orgullosos que se sienten de sus niños. Cuando acordaba, ya les habíamos comprado de todo porque la fruta venía “bien tiernita” y, entre probadita y probadita, terminábamos con las bolsas llenas.
No me di cuenta de lo acogedora que era esa interacción con los vendedores hasta que, un día, ya no la tuve en mi nuevo hogar. Los pocos comerciantes que había solo se dedicaban a vender y, si bien te iba, te devolvían la sonrisa sin ganas. Fue hasta que la gente foránea comenzó a emprender. Dentro de sus carros traían el bolillo, el pan y la calidez de nuestro antiguo hogar.
Poco tiempo después llegó un señor vendiendo aguas. “Es que me quitaron de allá y mejor me puse aquí”, me dijo. Después procedió a contarme su historia, a hablarme de sus hijos y de lo bien que iban en la escuela. No importaba lo que yo respondiera. Los vendedores tenían ganas de contar quiénes eran y yo tenía ganas de escuchar sus historias, porque eso me hacía sentir la calidez de mi antiguo hogar.
“¡Así se vería esta calle sin puestos! ¿Crees que el gobierno deba ser más estricto para retirarlos o crees que deban quedarse ahí?”
Ese es el tipo de titular que publican las páginas que trabajan para el gobierno de mi pueblo.
Me entristece y me hierve la sangre de impotencia por la manera en que los medios de esas zonas construyen la narrativa de “Así se vería esta calle sin puestos”. Proceden a mostrar una imagen creada con IA en la que la calle aparece vacía y, al lado, otra foto del mercado normal, con sus puestos. Después preguntan: “¿Crees que el gobierno deba ser más estricto para retirarlos o crees que deban quedarse ahí?”. Otra página publica: “¿A poco no se ven bonitas las calles sin puestos?”.
Una señora se cae en la zona y la nota dice: “Por culpa de los vendedores ambulantes, señora de la tercera edad cae”. Podría creer que su preocupación está en la señora si no supiera que, con anterioridad, se han señalado muchos otros factores que imposibilitan la vialidad en la calle: los carros estacionados sobre la banqueta, los postes en medio de las rampas, los carros estacionados en las rampas y la gente que las obstruye y se molesta cuando le pides permiso para pasar.
Pero mi duda es: ¿por qué perseguir a las viejitas que venden o a la gente que nos ha vendido durante años en aquellos puestos que se quitan y se ponen? Una señora se cayó, lo cual es lamentable, pero muchas otras personas tienen justamente en esos puestos su sustento. ¿En qué momento nos volvimos tan frívolos como para creer que un argumento tan superficial como “afean la ciudad (o el pueblo)” es válido?
La calle es de los ciudadanos de a pie. Un vehículo no es una persona. Perseguir esa estética “aesthetic” de lo que el aspiracionismo cree que debe ser un pueblo mágico, arrancándole su espíritu de pueblo, nunca será válido ni debería estar a debate. O, al menos, se necesita un gramo de empatía para entender que hay personas que se mantienen de ahí.
Me preocupa la frialdad con la que vemos a las personas. Me preocupa lo ajenos que nos sentimos de todos. Me preocupa que los medios siembren una semilla de rechazo y odio, y que la sociedad la alimente. Las semillas, en la naturaleza, son vida: son árboles, flores y alimento.
¿En qué momento hemos decidido tragarnos el veneno del odio hacia las personas que buscan salir adelante?
“Los mandaremos a un lugar nuevo, donde no estorben, estén a gusto y vendan sus mercancías”. ¿Acaso ese no era su lugar desde antes de que muchos naciéramos? ¿Un lugar que les renten? ¿La viejita, bien viejita, a la que le compraba nopales tendrá que decidir entre comer o pagar una renta? Porque nada es gratis. Y entonces aparece el reclamo: “¿Cómo se atreven a pedir más? En esta vida hay que echarle ganas para salir adelante”.
Pero basta con sembrar un gramo de discordia para que el rechazo hacia un sector vulnerable se convierta en persecución. En muchas ciudades han perseguido a los vendedores: los han golpeado, les han tirado su mercancía, los han detenido y los han multado, todo por querer salir adelante.
No creo en la fantasía de que todo esto se hace por el bien de las personas en silla de ruedas o de la gente de la tercera edad. Tampoco creo en la fantasía de que sea por la seguridad de todos. Si así fuera, los medios no sembrarían discordia entre los ciudadanos y, en lugar de perseguir a la gente que se gana el pan, perseguirían con mayor afán a los delincuentes.
Pero, claro, de eso no hablamos. Tampoco hablamos de las personas con alguna discapacidad ni de cómo mejorar la vialidad para garantizarles el libre tránsito porque, pues, reparar todo resulta demasiado costoso y “no hay recursos para eso”.
“Mejor hagamos que la gente se pelee entre ella. Así, cuando actuemos por la fuerza contra estos vendedores, nadie los defenderá, porque la semilla del rechazo habrá germinado desde hace bastante tiempo”.
Walter Benjamin escribió en El libro de los pasajes: “Una observación sin prejuicios empezará siempre asombrándose y quejándose de la gran cantidad de bienes culturales y aspectos genuinamente bellos de la vida… que han desaparecido para no volver jamás”.
En un futuro diremos: “Ya nada es como antes”, pero jamás hicimos algo para defender y abrazar lo que nos permitía ser.
Un abrazo a quienes dan vida a los lugares, a quienes, cuando vas a comprarles, te cuentan su vida. Un abrazo a los verdaderos punks de la sociedad: me hacen sentir tibia a su lado.
Te mando un abrazo
Angélica Sánchez