En un mundo que nos quiere débiles, ser fuertes es un acto de rebeldía

2026-08-06

Me encuentro con la respiración alterada, haciendo lo suficiente para no sentir que me ahogo y controlar mi respiración. Inhalo con profundidad, detengo el aire unos segundos y exhalo sin prisa. Intento escribir, pero el sudor cae en mi computadora, me tapa los párpados y limita momentáneamente mi visión.

No quiero parar de escribir en estos momentos. Mi cuerpo se siente caliente, mis músculos fuertes y poco a poco siento cómo mi mente se despeja. Me gusta esa sensación después del ejercicio: otro día más que me cumplí, otro día más que sentí que no podía y pude, otro día más reconociendo cómo he avanzado y sintiéndome orgullosa de lo fuerte que soy.

¿Cómo los trata su algoritmo? El mío es una mezcla de fake news, críticas a las tradwives y el tema de hoy: la delgadez extrema ha regresado.

Habiendo tantos temas en los cuales poner mi enfoque, opté por este.

Desde que tenía 8 años he tenido un trastorno de conducta alimentaria. Recuerdo muy bien mi primera crisis por no encontrar ropita de mi talla: yo, encerrada en un vestidor —desde entonces no me gusta medirme la ropa—, agarrando mi pancita, llorando descontroladamente. Entró mi mamá:

—¿Qué tienes?

—Mami, perdóname por hacerte pasar por estas vergüenzas; nada me queda.

Mamá me abrazó.

—No te preocupes, eres una niña grandota. Encontraremos un vestido que te quede bonito.

La verdad es que crecí muy rápido y, después de la muerte de mi papá, comía mucho.

Mi trastorno alimenticio colapsó después de la muerte de mi mamá, cuando yo tenía 12 años. Solo que ahora fue atracón, vómito y dejar de comer. Recuerdo mucho, en una crisis muy fuerte, agarrar unas tijeras y querer cortar mi estómago para sacar la grasa. Recordarlo me impacta. Desarrollé dismorfia corporal: nunca he sido capaz de verme realmente como soy. Antes no era consciente de ello, ni de que se podía tener la percepción de una misma alterada.

Hablar de esto sigue siendo algo doloroso; es una de esas cosas que, si bien aprendes a manejar, ahí están, esperando el momento en el que te sientas otra vez vulnerable para atacarte con todas las fuerzas. Por eso consideré prudente hablar de ello. He vivido aproximadamente 23 años con un trastorno de conducta alimentaria: presa de mí, presa de mi imagen, y cuando vas adaptándote un poco, hay un retroceso.

Me es triste porque todo siempre está diseñado para que te sientas insatisfecho de quien eres el día de hoy; lo digo y lo repito. A las tendencias no les importan tus luchas, no les importa tu historia de vida, no les importa si no comes, si vomitas, si eres linda, si eres fea, si cumples con el estándar o no. No importa. Para el sistema solo somos un mercado y, como una persona que ha trabajado en marketing hace algunos ayeres, te sé decir que, si no tienes necesidades, el mercado las crea. Como asesora de ventas se me dijo: “Tú no veas personas, ve signos de pesos”. Desde luego, nunca pude hacerlo. Si vendía era porque me quedaba horas platicando con los clientes y, al final de cuentas, me terminaban buscando por el trato. Pero eso no es el tema de hoy.

Las mentes de los consumidores de hoy en día están muy vulnerables a la propaganda, siendo crueles con su entorno, crueles en el mundo digital y crueles consigo mismas.

Así se instaura este trastorno, simultáneamente con los problemas emocionales que haya en casa. En mi caso fueron la pérdida de mis papás, el cáncer de mi abuelita, la enfermedad de mi abuelo, el fallecimiento de ambos, la violencia. Dejar de comer me hacía sentir que podía tener control sobre algo en mi vida. No era momento de ser débil, así que tenía que resistir y, si podía controlar lo que entraba a mi boca, podía controlar mis emociones para no sentir que el mundo se me venía encima; y cuando no podía controlarme, buscaba el castigo por perder el control. Desde ahí también viene mi adicción al cigarro.

Es por ello que me atrevo a hablar de esto, porque, seas quien seas que me esté leyendo, comemos para poder vivir, pensar, disfrutar; porque es una necesidad básica; porque este cuerpo que hoy tienes, que te ayuda a sostenerte cuando tu mente te traiciona, que te ayuda a amar, que te ayuda a sentir, hace maravillas, aun si lo olvidas, aun si lo maltratas.

Hoy puedo decir que me recuperé. Mi entorno cambió y, otra vez, gracias a mi perra, que me necesitaba fuerte para sostenerla, pude.

Por eso, cuando leí esta frase:

“En un mundo donde nos quieren débiles, entrenar y ser fuerte es un acto de rebeldía”.

Qué triste, ¿no? Para el sistema nuestro cuerpo es una tendencia más. ¿A quién le importa la integridad de las figuras que estén ad hoc con esta moda? ¿Qué importas tú? ¿Qué importo yo? Nos quieren obsesionadas, pensando en otras cosas, odiándonos, distraídas para no ver y no hacer nada mientras se apropian de los pocos recursos que nos quedan.

Ser fuerte no solo te ayuda a sostenerte a ti; ser fuerte te ayuda a ayudar, disipa y aclara la mente. No es el hecho de querer tener el cuerpo ideal; es lo que estás dispuesta a sacrificar por ello: vivir con culpa, vivir con miedo, vivir expuesta. Porque como dice la frase que ha sido mi mantra cada que hago pesas:

“Si el humano bueno no es fuerte, depende de la misericordia del mal”.

Si nos quieren frágiles, dependeremos de otros, porque, por lo visto, todo apunta a encapsularnos nuevamente. Ya sé que sueno como una loca, pero es una realidad que las hijas de los 2000 ya vivimos y nada bueno salió de ahí.

Cómete ese pancito con café, haz 30 saltos de payaso, sal a caminar, respira, disfruta de tu cuerpo y muévelo. Disfruta que estás vivo y no dejes que las tendencias te inyecten insuficiencia.

Me encuentro con la respiración alterada, haciendo lo suficiente para no sentir que me ahogo y controlar mi respiración. Inhalo con profundidad, detengo el aire unos segundos y exhalo sin prisa. Intento escribir, pero el sudor cae en mi computadora, me tapa los párpados y limita momentáneamente mi visión. No quiero parar de escribir en estos momentos. Mi cuerpo se siente caliente, mis músculos fuertes y poco a poco siento cómo mi mente se despeja. Me gusta esa sensación después del ejercicio: otro día más que me cumplí, otro día más que sentí que no podía y pude, otro día más reconociendo cómo he avanzado y sintiéndome orgullosa de lo fuerte que soy.

¿Cómo los trata su algoritmo? El mío es una mezcla de fake news, críticas a las tradwives y el tema de hoy: la delgadez extrema ha regresado.

Habiendo tantos temas en los cuales poner mi enfoque, opté por este.

Desde que tenía 8 años he tenido un trastorno de conducta alimentaria. Recuerdo muy bien mi primera crisis por no encontrar ropita de mi talla: yo, encerrada en un vestidor —desde entonces no me gusta medirme la ropa—, agarrando mi pancita, llorando descontroladamente. Entró mi mamá:

—¿Qué tienes?

—Mami, perdóname por hacerte pasar por estas vergüenzas; nada me queda.

Mamá me abrazó.

—No te preocupes, eres una niña grandota. Encontraremos un vestido que te quede bonito.

La verdad es que crecí muy rápido y, después de la muerte de mi papá, comía mucho.

Mi trastorno alimenticio colapsó después de la muerte de mi mamá, cuando yo tenía 12 años. Solo que ahora fue atracón, vómito y dejar de comer. Recuerdo mucho, en una crisis muy fuerte, agarrar unas tijeras y querer cortar mi estómago para sacar la grasa. Recordarlo me impacta. Desarrollé dismorfia corporal: nunca he sido capaz de verme realmente como soy. Antes no era consciente de ello, ni de que se podía tener la percepción de una misma alterada.

Hablar de esto sigue siendo algo doloroso; es una de esas cosas que, si bien aprendes a manejar, ahí están, esperando el momento en el que te sientas otra vez vulnerable para atacarte con todas las fuerzas. Por eso consideré prudente hablar de ello. He vivido aproximadamente 23 años con un trastorno de conducta alimentaria: presa de mí, presa de mi imagen, y cuando vas adaptándote un poco, hay un retroceso.

Me es triste porque todo siempre está diseñado para que te sientas insatisfecho de quien eres el día de hoy; lo digo y lo repito. A las tendencias no les importan tus luchas, no les importa tu historia de vida, no les importa si no comes, si vomitas, si eres linda, si eres fea, si cumples con el estándar o no. No importa. Para el sistema solo somos un mercado y, como una persona que ha trabajado en marketing hace algunos ayeres, te sé decir que, si no tienes necesidades, el mercado las crea. Como asesora de ventas se me dijo: “Tú no veas personas, ve signos de pesos”. Desde luego, nunca pude hacerlo. Si vendía era porque me quedaba horas platicando con los clientes y, al final de cuentas, me terminaban buscando por el trato. Pero eso no es el tema de hoy.

Las mentes de los consumidores de hoy en día están muy vulnerables a la propaganda, siendo crueles con su entorno, crueles en el mundo digital y crueles consigo mismas.

Así se instaura este trastorno, simultáneamente con los problemas emocionales que haya en casa. En mi caso fueron la pérdida de mis papás, el cáncer de mi abuelita, la enfermedad de mi abuelo, el fallecimiento de ambos, la violencia. Dejar de comer me hacía sentir que podía tener control sobre algo en mi vida. No era momento de ser débil, así que tenía que resistir y, si podía controlar lo que entraba a mi boca, podía controlar mis emociones para no sentir que el mundo se me venía encima; y cuando no podía controlarme, buscaba el castigo por perder el control. Desde ahí también viene mi adicción al cigarro.

Es por ello que me atrevo a hablar de esto, porque, seas quien seas que me esté leyendo, comemos para poder vivir, pensar, disfrutar; porque es una necesidad básica; porque este cuerpo que hoy tienes, que te ayuda a sostenerte cuando tu mente te traiciona, que te ayuda a amar, que te ayuda a sentir, hace maravillas, aun si lo olvidas, aun si lo maltratas.

Hoy puedo decir que me recuperé. Mi entorno cambió y, otra vez, gracias a mi perra, que me necesitaba fuerte para sostenerla, pude.

Por eso, cuando leí esta frase:

“En un mundo donde nos quieren débiles, entrenar y ser fuerte es un acto de rebeldía”.

Qué triste, ¿no? Para el sistema nuestro cuerpo es una tendencia más. ¿A quién le importa la integridad de las figuras que estén ad hoc con esta moda? ¿Qué importas tú? ¿Qué importo yo? Nos quieren obsesionadas, pensando en otras cosas, odiándonos, distraídas para no ver y no hacer nada mientras se apropian de los pocos recursos que nos quedan.

Ser fuerte no solo te ayuda a sostenerte a ti; ser fuerte te ayuda a ayudar, disipa y aclara la mente. No es el hecho de querer tener el cuerpo ideal; es lo que estás dispuesta a sacrificar por ello: vivir con culpa, vivir con miedo, vivir expuesta. Porque como dice la frase que ha sido mi mantra cada que hago pesas:

“Si el humano bueno no es fuerte, depende de la misericordia del mal”.

Si nos quieren frágiles, dependeremos de otros, porque, por lo visto, todo apunta a encapsularnos nuevamente. Ya sé que sueno como una loca, pero es una realidad que las hijas de los 2000 ya vivimos y nada bueno salió de ahí.

Cómete ese pancito con café, haz 30 saltos de payaso, sal a caminar, respira, disfruta de tu cuerpo y muévelo. Disfruta que estás vivo y no dejes que las tendencias te inyecten insuficiencia.

 

Te mando un abrazote,

Angélica Sánchez

 

 

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