Ho no hay reflexión
Ho no hay reflexión

Ho no hay reflexión

2026-04-08

Busco la inspiración en todos lados. Últimamente me siento como queriendo atrapar el aire, cuando sé que el aire no se atrapa ni se ve, solo se siente. Escribo y escribo, tacho todo, como si lo que escribiera en estos momentos no reflejara la realidad de mi sentir, y es por ello que no conecto. Me dispuse a indagar en mí y recordé esta frase:

«El Buda me ha robado —reflexionó Siddhartha—. Me ha robado, pero más aún me ha regalado. Me ha robado un amigo que creía en mí y que ahora cree en él, que era mi sombra y que ahora es la sombra de Gotama. Pero me ha regalado a Siddhartha, a mí mismo».

Siddhartha, Hermann Hesse


La primera vez que la leí sentí muchísima gratitud. Habían pasado varios sucesos que me hicieron replantearme la manera en que estaba llevando mi vida y me habían regalado a Angélica, a mí misma. Sentí una enorme gratitud en ese momento, como si se desbloqueara en mi ser la libertad de sentirme dueña de mí.

Aunque, al igual que en el libro de Siddhartha, nada es lineal, y después de ser feliz consigo mismo, Siddhartha se entregó al vicio. De momento, para mí el alcohol está funcionando como la única fuente de dopamina; me hace entender por qué se vuelve adictivo. Primero fue una cerveza, después dos, después 8. Es extraño tener trabajo interno y saber que estás evadiendo algo, y aun así ser permisivo, pues todo es parte del proceso. Hasta que la sensación de embriaguez se vuelve, más que satisfactoria, una necesidad.

Despertar en la madrugada después de beber 8 cervezas —posiblemente para muchos sea poco, pero yo había dejado de tomar de esa manera hace ya un tiempo—. La culpa me invadió esa noche: entre la ansiedad de que había tomado tanto, la culpa misma, los mil y un pensamientos que en ese momento se comenzaban a cruzar, hasta que vino una pregunta: “¿Qué estás evadiendo? ¿A qué le tienes miedo?”

Cambié de ciudad de residencia hace un año. Me despedí de mi pueblo y me fui a la ciudad. Muchos cambios ha habido desde entonces.

¿Por qué les cuento esto?

Porque no quiero mentir, no quiero hablar de reflexiones que entiendo, pero llevarlas a la realidad es complicado. Dentro de todo este caos se agregó lo que me terminó por mover: mi perrita Akira enfermó, pasó de ser adulta a ser una perrita senior.

Un día estaba escribiendo inspirada por Akira sobre el tiempo. La inspiración de ese momento salió de estar jugando y corriendo con ella. El día era perfecto: hacía frío, el cielo estaba nublado y la vi. Vi sus canitas que comenzaban a blanquear su pelaje gris, que me fue imposible no darme el tiempo de contemplar aquella escena. Comenzaba a reflexionar sobre lo bonito que era crecer a su lado, haber madurado y haber llegado hasta donde estamos.

Pero el tiempo siguió y su cuerpecito se comenzó a hacer frágil, comenzó a necesitar más de mí. Yo, encantada, le dije: aquí tienes a tu cierva, aquí tienes los brazos que un día te sostuvieron; ahora son utilizados para cargarte, si así lo requieres. Sentí el tiempo respirarme en la nuca y yo solo pedía que parara, por favor.

Después de que el drama pasara y de adaptarme a esta nueva etapa con ella, siempre viene a mí una sensación de vacío, como si me desconectara de lo fuerte que fue todo, de sentir tanto miedo, tanta angustia, y justo recurro a estimulantes externos para sentir algo en medio de todo ese vacío.

“Me regaló a mí misma”…

¿Y qué hago o qué? ¿Qué hago conmigo? Pienso, de momento. Me siento de nuevo en un limbo emocional. Lo imagino como atravesar el océano en una lancha, con la incomodidad de la humedad, el sol en la cara y el gigante océano de la incertidumbre.

Hoy no hay reflexión, no siempre la hay. Solo que, al igual que Siddhartha, estoy siendo paciente para que mis heridas florezcan y aceptar la realidad de que nada está en mi control.

En estos momentos soy un ser humano aprendiendo a vivir, viviendo mis duelos, mis cambios, tentando el suelo pasito a pasito. Me repito cada vez que siento que la ansiedad se quiere apoderar de mí, cada que me llueve la impaciencia o me desespero por no “ser como debería de…”

¿Pero quién rige las emociones o quién dice cómo debería de ser?

Sí… el río se ríe de mí, es más, no necesito estar a su lado para escuchar la carcajada del río cuando se da cuenta de que me ahogo con mi propia saliva.

Así es esto, sufrimos a veces por lo que no existe o por lo que no podemos controlar, pero habrá un momento donde uno deje de dar vueltas en círculos, porque cuando uno aprende a reconocerse no quiere decir que de inmediato sepas qué hacer. Si hay algunos a los que sí, felicidades, qué padre; yo no. Yo, mientras navego en mi limbo emocional en mi lanchita, así como Akira me ha enseñado estos últimos meses, voy a pasito, pero constante.

Les mando un abrazo.
Angélica Sánchez.

 

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