“Solo escribe” —me dijo mi psicólogo—. “Solo fluye”. Y aquí estoy, queriendo que las personas conozcan mi historia. Y no, aquí no habrá una historia de amor; acá habrá un intento de poesía a la depresión, habrá tazas de café para la ansiedad y hablaré de la única manera que se me da hablar: desde la frustración y el victimismo.
¿De qué servirá mi historia para los demás? No lo sé, pero a mí me sirve como medio de desahogo, un acompañamiento desde el escritor y el lector. Espero que lloremos juntos: yo mientras lo escribo y tú mientras lo lees.
Me llamo Aurora, tengo 26 años, soy una persona que vive en su cabeza y, para apagarme de la realidad y de la monotonía, me gusta imaginar cosas. Luego caigo frente al espejo y descubro que no soy segura de mí misma, que no soy rica ni poderosa y que no me voy a casar con Kim Namjoon.
Después lloro y comienzo a hacer cosas que me lleven a ese lugar donde quiero estar, pero… ¿por qué la vida de momento se torna tan pesada a pesar de amar lo que haces? ¿Por qué se siente como si caminaras en círculos que te tienen dando vueltas en el mismo lugar, haciendo un hoyo, donde te encuentras a la depresión y la ansiedad con los brazos abiertos para decirte: “Te lo dije, seré tu camino del miedo, jamás podrás apartarte de mí”? Parece que no existe consuelo y por momentos me dejo abrazar por ella. Pero las ganas de superarme son más grandes y me digo a mí misma: “Ten paciencia, que tu dolor puede crear y de ahí sale tu vocación de artista”.
No conozco otra manera de arreglar mi caos más que construyendo, con las mismas piedras rotas, algo posiblemente más grande o más pequeño, pero, a final de cuentas, construyo mi hogar.
¿Desde dónde comienza todo? No lo sé, solo sé que escribir me dio voz, solo sé que la música me ayuda a disociarme y a soportar mi realidad, que bien puede a veces ser mala, a veces buena y a veces solo prefiero bailar.
Si vivo en mi cabeza, podría crear mediante la imaginación y hacer de mi historia un cuento… Junto todas las piezas, las observo un momento y aquí vamos:
Era un día soleado y el reloj marcaba las 11:30 a. m. En un poblado alejado de las grandes ciudades nace una niña rosita de sus cachetes, de unos dos kilos, y para su madre, Josefina, al tenerla por primera vez en sus brazos, parecía que tenía un pedacito de cielo. Hija de padres muy jóvenes, creció en la decadencia económica, pero con mucho amor.
Aurora, la hija de en medio de Josefina y Ricardo, era una niña despistada, con una imaginación enorme, donde podía transformar su pequeño jardín en un inmenso parque, donde jugaba con su hermana a ser las princesas, las princesas de papá.
Nunca fue buena haciendo amigos, pues era bastante tímida. Tenía ojos pequeños y analíticos, esos ojos curiosos que tiene una niña que se cree princesa y bruja. Esa niña cerraba sus ojos y se imaginaba que al lado de su ventana estaba la luna inmensa, esa luna que la acompañaría el resto de su vida.
Aurora no sabía lo que era la ansiedad; a ella le gustaba más imaginar que tenía poderes y que había sido designada para una labor celestial. Junto a sus hermanas creaban historias; en una de ellas, su hermana, la más pequeña, viajó hasta la luna, de ida y vuelta.
Aurora no sabía muy bien cómo relacionarse con las personas, pero le salía muy bien platicar con los animales. Tanto fue así que en cada ida a la tienda regresaba con un acompañante peludo diferente. Josefina, su mamá, la regañaba por tardarse tanto en la tienda y traerse al rottweiler del vecino.
Aurora creaba su realidad, en donde la naturaleza la hacía sentir en paz.
En la cabeza de un niño podemos descubrir tanto ingenio, tanta inocencia. Aurora tenía ganas de descubrir el mundo y cantaba bajo la lluvia ficticia que hacía su hermana Celeste.
Poco a poco sus papás mejoraron su posición económica y se fueron a vivir a una casa color melocotón, en donde proliferaban los árboles, los rosales y, al regreso del colegio, a tres casas de su casa, comenzaba a notar un olor a sopa, calientita, esperando por ambas hermanas.
Llegando a casa se sentía un ambiente fresco, con una combinación en el aire de olor a pinol y a sopa. “Este es mi hogar” —nos dice Aurora—. “Y aquí soy feliz. Les mostraría mis juguetes, pero mi mamá no quiere que los maltrate, así que nos los guarda bajo llave en su cuarto y, cuando termino la tarea y mis quehaceres, me premia con jugar”. —Desde ahí fui una niña condicionada, está bien… continuemos—. “Mi mamá me dijo que hay personas de su mismo sexo siendo pareja y que eso no nos debe importar”. Así es, amigos, Aurora era una niña muy amorosa y su mamá se la pasaba dándole datos históricos; ella no lo notaba, pero eso le serviría para expandir su mente y cuestionar todo lo que se le decía en su colegio católico.
Cada noche, antes de dormir, su papá les leía un cuento a Celeste y Aurora. Ellas siempre querían el de Pinocho, pero su papá ya estaba cansado y si no se dormían ellas, se dormía él por lo largo de la lectura, así que optaba por “La niña de los cerillos” o “El pájaro de fuego”, que eran igual de largos.
Si mi vida era tan feliz, ¿en qué momento llegué hasta aquí? La vida es tan larga y a la vez efímera. Mucho de mi pasión se la debo a lo que ha pasado a lo largo de mi vida; si la vida me hubiera preguntado, habría preferido que el talento surgiera de otro lado y no como un mecanismo de desahogo.
En una noche oscura y turbia comenzaron las pesadillas y las parálisis de sueño. Josefina le dijo que durmiera de ladito y con las manos a los costados, ya que dormir con las manos en el pecho te provocaba peso y evitaba que pudieras respirar bien. —Creo que eso no es verdad, pero no juzgo a mi mamá. Aunque, pensándolo bien, eso explica mi miedo a dormir de frente—. Las pesadillas no paraban hasta que un día Aurora soñó con un accidente; ese sueño marcó un antes y un después en mi vida hasta ahora…
Josefina y Ricardo eran unos jóvenes de 16 y 17 años cuando tuvieron a Celeste, hermana mayor de Aurora. Tuvieron el apoyo de ambas familias, así que Celeste llegó para cambiar vidas; después nació Aurora —o sea, yo—. Josefina y Ricardo trabajaron duro para darles lo mejor a sus niñas y, ya con 23 años, decidieron tener a Luz. Luz, Luz, fue ese rayito de luz en medio de la lluvia. Con ella llegó Capitán, un cachorro de pelos dorados, orejas grandes y chiquito. Ambos eran unos cachorros, uno más chillón que el otro.
Las personalidades de las tres hermanas eran diferentes: Celeste era zurda, caprichosa, inteligente y tenía lunares por toda su carita. De cabello largo y liso, era una niña delgada y su piel parecía lechita con una gotita de café. Luz era una niña de piel canela, china, y sus ojos te causaban felicidad con solo verlos. Su nombre combinaba perfectamente con su esencia: alegre e inquieta, inteligente y extrovertida, curiosa, preguntona; ella, sin duda, era la hija deseada.
El núcleo familiar estaba compuesto por un olor a sopa que te hacía sentir el corazón calientito. Ricardo tenía un inmenso amor por sus princesas, trabajaba duro y, al llegar a casa, sus niñas lo recibían saltándole encima. Él las cargaba y gritaba: “Choque de los mundos”, chocando las cabezas de Celeste y Aurora. Ellas reían y Ricardo las alzaba para llevarlas a dormir. Ricardo era una persona tranquila y creativa; su piel era blanca y sus ojos verdes. En ese entonces estaba musculoso, aunque tenía una pequeña barriga. Nunca salía bien en las fotos porque le gustaba hacer caras chistosas. Él era una persona muy querida en el pueblo, muchos lo conocían y siempre mencionaban que era muy guapo.
Alicia, una mujer encantadora, inteligente y desafiante; ella y Ricardo eran el mejor equipo. Al nacer sus hijas, Ricardo y Josefina hicieron una promesa: “Josefina prometió cuidar de las niñas y educarlas bien hasta su adolescencia, mientras que Ricardo se haría cargo en la pubertad”. Recordándolo, parecían adultos, pero aún eran unos jóvenes dando lo mejor de sí porque había seis piecitos siguiendo sus pasos.
“Fuerte te ves, pequeño estás” era una canción que Ricardo le cantaba a Luz para dormirla. Esa canción hacía detener el tiempo y solo se podía sentir el amor en el aire, acogiendo a todos por igual. Para Aurora, Ricardo y Josefina eran unos reyes y juntos vivían en su castillo, felices, en paz. Eran cuidadosos con sus discusiones, así que lo que mayormente proliferaba en ese hogar era el amor entre todos.
Pero, como dice la canción de Tarzán: “Tal vez el destino te hará pensar y la soledad tendrás que aguantar”, esas niñas jamás pensaron que esa frase se volvería realidad y que, de pasar a un cuento de hadas, la vida se convertiría en una pesadilla donde los cuervos se alimentaban de ellas.
Después de aquel sueño, Aurora jamás se ha podido perdonar, pues en su colegio, por alguna extraña razón, le dijeron que si lo sueñas, lo deseas y se puede cumplir. Bueno, creo que ellos no imaginaban hasta dónde pueden llegar o en qué se pueden convertir las frases. ¿Cómo le haces entender a alguien de siete años que no fue su culpa?
La vida, siendo vida, en un arrebato les quitó a su rey, el castillo se derrumbó, el Capi se murió. Aurora no entendía qué pasaba; solo tenía el consuelo de ver las estrellas y pensar qué hacía su papá. Solo tenía el poder de cerrar sus ojitos e imaginarse que él estaría con ella en sus recuerdos y pensamientos. La soledad las abrazó y las dividió.
El castillo de Aurora se derrumbó, la promesa de Josefina y Ricardo no se cumplió, pero de ahí surgió un escrito, de ahí surgieron las cartas; del dolor surgió la pasión, el sentimiento, la emoción. Pero, de alguna manera, te haces vulnerable frente a la vida y te encuentras en desventaja con los demás, porque, en lugar de aprender, se comienza a sobrevivir… ¿Para qué?
Te mando un abrazo.
Angélica Sánchez.