La vida después de ti

2026-09-16

Ya estamos en el cochino septiembre y estoy leyendo un libro que me recuerda a ti. Lloro con cada página y me pregunto: «Mami, ¿fuiste feliz?»

He entendido a qué te referías cuando hablabas de ser mujer. Cuando me convertí en una, me dolió la impotencia de no poder abrazar a esa mujer que fuiste, esa mujer que necesitaba de otra mujer para sostenerse.

A veces me enojo con el tiempo. No me dio tiempo de madurar y verte hacerlo. Te fuiste tan pronto que por eso escribo: porque la vida te llevó y no me alcanzó el tiempo para abrazarte como mujer, ahora que entiendo las desventajas que te tocó vivir y soportar. Entiendo cómo ser bonita a veces se volvía pesado y cómo el hecho de haber perdido a tu esposo te hacía sentir en el exilio: señalada, juzgada, sobreanalizada. Y, aun así, seguiste siendo un encanto de mujer, sonriente y vivaz.

Como hija, a veces me enojo con la madre que fuiste. Me digo a mí misma: «Yo solo era una niña», y rompo ese círculo de pensamiento al decirme: «Ella también». Entonces lloro más fuerte, porque me veo en el espejo y me doy cuenta de que hoy soy mayor de lo que llegaste a ser tú (me refiero a la edad). Te fuiste a tus 30, casi 31; yo tengo 31 y, a pesar de que dije que no me daba miedo envejecer porque no te vi hacerlo, la verdad es que me aterra.

Mami, no nos alcanzó el tiempo para vernos dejar de ser unas niñas. Solo yo crecí y tú te quedaste congelada en el tiempo.

Este mes siempre me ha sido amargo, incluso desde que estabas. Odiaba ir al Grito, sentirme apretada por la gente y no poder salir de ahí. Escuchar tanto ruido, tantos gritos y ver la pirotecnia tan de cerca me aterraba. Tú eras feliz y yo estaba nerviosa.

He crecido, mami, he crecido. Y aunque me he esforzado para que me guste este mes, no puedo evitar recordar que, por las celebraciones de estas fiestas, alguien chocó contigo mientras tú ibas al trabajo. Envidio a todos aquellos que sienten el patriotismo en septiembre y celebran: celebran con su familia, celebran en las calles.

Hoy hice algo diferente. Estoy con mi familia, compré unas cervezas y botana. Estoy alejada de la Cuna de la Independencia y me encuentro escribiendo sobre lo mucho que me incomodan los festejos y sobre ti.

Mami, te he pensado menos y me he esforzado en vivir más, pero septiembre es tuyo. Te dije adiós el 17 y el 29 era tu cumpleaños. Fuimos a ver al Tri el 16; cantamos fuerte. Tú estabas feliz festejando con mi tía. «Ella es un poema que el poeta nunca escribió», cantabas alegre. Qué injusta se siente a veces la vida. ¿Cómo pudo llevarse a alguien tan alegre?

Yo empezaba a ser adolescente. Recuerdo que días antes fui a ver a Lu, canté con mis amigos y después pasaste a recogerme. Me marcaste para decirme que habías llegado y comencé a buscarte. Te encontré sobre una silla, cantando y gritando: «La vida después de ti es un castigo sin fin». Alzabas las manos para que pudiera ubicarte y yo corrí hacia ti para abrazarte.

Mami, me has hecho falta, tanta falta. Espero que algún día pueda disfrutar de este septiembre sin tanta amargura, así como tú, tan llena de vitalidad. Justo como cantaba Lu, la vida después de ti es un castigo, pero sobreviví.

He sobrevivido a tu ausencia. He sobrevivido a tener pesadillas y a no poder ir a acurrucarme contigo cuando tengo miedo. Aprendí a acurrucarme solita, pero, siendo sincera, a veces pesa. Obviamente, ya no como antes, aunque a veces flaquee y me pierda por un momento en el deseo de que tú me asfixies con tus abrazos y yo intente huir de ellos mientras tú te aferras a mí.

Escribo esto hoy porque mi celebración es recordarte y escribir un poco sobre la mujer y la madre que fuiste. Quiero contarle al mundo que, si alguien sembró en mí una semilla de introspección, curiosidad y deseo de saber, fue esta mujer, esta brillante mujer, que se levantó aunque no quisiera, sin ganas, con muchas cosas en contra, con traiciones, con todo. Se levantó y, aun así, nos compartía el amor por la vida, las ganas de hacer, las ganas de querer justicia, la fiereza.

Te extrañaré siempre, mami. Sin duda, la herida de tu ausencia duele terriblemente con la humedad de septiembre, pero esa herida es la que me recuerda que exististe, que existió alguien en el mundo como tú y que me abrazaba muy fuerte.

Gente, tuve una mamá que, aunque era corajuda como yo, no puedo dejar de verla como la mujer más hermosa.

Querido lector: en estas fechas de festejo, si tomas, no manejes. Diviértete.

Te mando un abrazo.

Angélica Sánchez

 

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