Tengo muchas ganas de vivir, pero no sé cómo
Y me dirán: “pues solo vive y ya”
Pero ¿Qué es eso?
Llevo 31 años viviendo; se supone que debería saberlo, ¿no? A veces siento que mi vida empezó al revés: me metió todos los dolores posibles en mis años más vulnerables y, en lugar de vivir, sobrevivía a rastras. Qué bueno que me llegó de esa manera: con energía, con la percepción de la realidad bien alterada y mucho delirio de grandeza para poder atravesar aquel infierno en el que habitaba. Pero… cuando escribí lo de la tinta azul, escritos que hice cuando me encontraba en las noches más oscuras de mi ser, sentí compasión hacia mí. Me interrogué sobre seguir escribiendo sobre mis penumbras —porque aquello solo era el inicio— y, al mismo tiempo, me pregunté: ¿pero qué más? ¿Qué más?
Me introduje hacia mis adentros y encontré tristeza, melancolía, culpa, apatía; de esas veces que no sabes distinguir entre “¿estoy siendo estoica o estoy deprimida?”. La balanza se quedó en medio: “estaba siendo estoicamente depresiva”. Me eché las manos a la cara, restregándomelas con gran desesperación: “¡estoy cansada!”. Fui honesta y sincera: “¡no quiero escribir solo de mis tristezas!”. Poco a poco me comenzaba a irritar.
Releí partes de mis tristezas pasadas y me detuve, no como si me estorbaran, sino como que por el momento no quería voltear ahí; no porque me incomodara, sino porque no podía ver mi futuro ni qué quería de él.
La misma pregunta: ¿qué más? ¿Qué más? Hasta que, con el frenesí de buscar inspiración, llegué a mi viejo diario: “Espero poder vivir en un lugar donde no tenga que esperar a que todos se vayan para poder comer. Espero vivir en otro lugar donde haya más paz, donde pueda cocinar lo que yo quiera, cuando yo quiera, y no tener que esperar solo por no querer ver a nadie, ya que tengo mucha hambre. Estoy cansada, solo deseo poder vivir tranquila”. —Chiquita de mi corazón—, pensé. Fueron detestables esos años; mi delirio de grandeza me hizo pensar que podía sentarme con el diablo a la mesa, que podía vivir en el nido de alacranes sin que nada me pasara, que era fuerte ante el veneno de sus picaduras. En ese tiempo solo pensaba una cosa: “No sueltes el psicólogo, no lo sueltes, aguanta, aguanta, aguanta”; y aguanté. Me contuve mucho porque, aunque me invadieran la amargura, la tristeza, el dolor y la ansiedad, tenía una esperanza y creía que en algún momento todo iba a cambiar, que todo sería mejor. Y así pasó. Pero la vida sigue y, aunque fue un cierre de capítulo, está esta enorme pregunta que ya no cabe en donde habito:
¿Qué más? ¿Cómo se vive? ¿Qué es vivir? ¿Qué vida merece ser vivida? ¿Cómo vuelvo a soñar?
Antes de que todas estas preguntas se me vinieran a la mente, mi ser se bloqueó, cargando con una apatía, con muy poco sentido. Me sentía culpable por la tranquilidad que tenía y por no estar sufriendo, la eterna mártir. No sabía vivir de otra forma que no fuese sentir que navegaba contracorriente. Hasta que el cielo se despejó, la marea se calmó. Por unos momentos fue tranquilizante; después fue: ¿ya fue mucho, no? Después fue un: ¿por qué no estás sufriendo? No era tanto la tristeza; era un sentido de culpa que no me dejaba habitar enteramente mi realidad. —Mereces esto—, me dije, no por lo que pasaste, únicamente por ser tú y porque está bien ser tú, porque tú también mereces un lugar en este mundo; porque no solo viniste a cuidar de los otros, te toca sola y únicamente, en estos momentos, ver por ti y para ti. Está bien ser egoísta de vez en cuando; a fin de cuentas, es todo un equilibrio que los que nos dedicamos al servicio de los demás debemos aprender: Angie, ¿quién eres cuando no estás cuidando a nadie? “No sé”. Angie, ¿quién eres cuando no estás sobreviviendo? “No sé”.
Uno no olvida quién es; posiblemente sentimos que quienes fuimos ya no nos definen y estamos en búsqueda de adaptarnos a la nueva evolución de nosotros mismos. Tengo una mezcla de todo: ganas, miedos, curiosidad. Me siento como un perrito que se soltó de la correa y está dispuesto a vivir, libre, sin tener que pedir disculpas por ser quien soy. No me siento angustiada por no entender cómo desarrollarme en la vida; bueno, de repente sí y me tengo que inyectar de aire, de respiro, para poder seguir y volver a crear. También me siento más curiosa por saber: ¿qué más?
Siempre he pensado que en esta vida hay que ser creativos, porque la vida para mí es efímera y larga.
A este capítulo de mi vida le llamaré: Mi vida después del sueño hecho realidad. ¿De qué manera se llena este lienzo?
La verdad es que me ausenté un poco porque sentía que no tenía un mensaje en concreto que transmitir; me sentía en blanco. Después me miré y me di cuenta de que no soy mensajera y de que no tengo nada que enseñar, más bien, compartir. Lo que te cuento son cosas que me digo y repito. Quería también hablar de temas más relevantes, pero hay muchas cosas en las que todavía soy ignorante y no me da vergüenza admitirlo, porque también estoy aprendiendo de esta vida y sus contradicciones. Estoy aprendiendo a vivir y a veces se me olvida ser humilde y me quiero poner en posición de maestra, cuando solo soy una alumna distraída que está aprendiendo a adaptarse a la paz que un día soñé. Como cuando el caos se apacigua y te das cuenta de que el caos venía contigo.
“¿Cómo podremos encontrarnos a nosotros mismos? ¿Cómo puede el hombre conocerse? Se trata de un asunto oscuro y misterioso; y si la liebre tiene siete pieles, bien podría el hombre despellejarse siete veces setenta, y ni aun así podría exclamar: «¡Ah! ¡Por fin! ¡Este eres tú realmente! ¡Ya no hay más pellejo!»”
Como menciona Nietzsche, creo que ya me he despellejado lo suficiente. A veces pienso que todo está diseñado para que nunca te sientas bien contigo ni con la vida que llevas. Volteas a todos lados y siempre se dice: “sé tu mejor versión”, como si quien soy yo no fuese suficiente. Para eso, ya: inyección de respiro.
Toma agüita. Si puedes, ve a terapia, tómate unos momentos para contemplar, sé amable y nunca olvides respirar y sentir.
Te mando un fuerte abrazo.
Angélica Sánchez.