Una lloradita al día, es la clave de la alegría
Una lloradita al día, es la clave de la alegría

Una lloradita al día es la clave de la alegría

2026-04-22

Mencioné que estaba bien, pero ¿qué hago yo limpiando con frenesí mi casa? ¿Qué hago yo quitando hasta la última mancha como si mi vida dependiera de ello? ¿Qué hago yo, inmersa en la limpieza, para ver si así se callan mis pensamientos?

Hola, soy yo de nuevo en esta quincena de opinión. Esta vez quiero pedirte algo; como si, pidiéndotelo a ti, me lo dijera a mí: llora, está bien, llora. ¿Ha sido duro, no? Tratar y tratar, hacer y hacer, sentir que das vueltas en círculos, haciendo las cosas desde la manía solo para no pensar. Pero, mientras más corres, tus pensamientos corren contigo. Ya basta, llora.

Limpiaré mi alma cual cascada de llanto desbordado. ¿Por qué? No lo sé. A veces una ya ni sabe por qué lo hace: si por la realidad en la que se vive, si porque pasó algo. ¿Por qué tenemos que cuestionarnos tanto por llorar, pero no lo hacemos cuando reímos? O bueno, nunca he escuchado a nadie que se queje diciendo: “Ay, hoy estuve riendo todo el día, ¿estaré bien?”. Jamás. Aunque, en los momentos más tristes, reía con más ganas, con mayor fuerza. Jamás me cuestioné; solo creía que estaba bien. Pero era extraño: al llegar la hora de dormir, ¿por qué me sentía vacía? ¿Por qué no podía dormir?

En ese momento era una presa a punto de desbordarse, hasta que exploté por algo tan fino como el pinchazo de una aguja. Me desbordé y no pude parar. Comencé a contar los días en que podía dejar de llorar, y cada vez que volvía era como si la felicidad de tres días ya no contara y la tristeza siempre regresara, me abrazara. En esos momentos sentía que caminaba como entre una masa de moco, de baba. Pero todo está bien, ¿no?.

Mientras fumaba como chimenea, estaba de fiesta en fiesta y, solo con las ganas de sentir más, comenzaba a mezclar drogas con alcohol. La verdad, nunca me fue bien; siempre me desmayé. Así que mi cuerpo me salvó de hacerme adicta. Mi conciencia de aquellos ayeres me decía: “Solo toma, drogas no”. Ya quisiera, me digo ahora; imagínate. Pero todo estaba bien, ¿no? Hasta que nada apaga el dolor y sientes cómo, poco a poco, te comienza a consumir. Te vuelve tan débil que una gota es capaz de desbordarte. ¿Por qué le huimos al dolor emocional? Mi psicólogo me dijo en ese entonces: “Una lloradita al día es la clave de la alegría”. En ese entonces creía que ya había llorado lo suficiente, pero me la vivía obstruyendo mi llanto, cuestionándolo, creyendo que no tenía razones para llorar; pero tampoco para reír, y no me veía cuestionando la alegría.

¿Estás bien? Yo soy una montaña rusa emocional. A veces puedo estar amando la vida y, otras, salir de la cama se vuelve complicado. ¿Es normal? No lo sé. Así vivo, y puedo jurar que muchas personas más viven de la misma manera. Por eso te invito a que llores; ¿qué más da si ya lloraste mucho? Puede que mucho tiempo viviste corriendo de tu tristeza, como yo.

Diría Silvio Rodríguez: “Sus zapatos de gastados son espejos, que le queman la garganta con el sol”. ¿Cuánto hemos corrido, querido amigo, huyendo de nosotros mismos, cuando solo teníamos que detenernos y llorar? ¿Se solucionarán nuestros problemas? No. Pero ¿has visto la mañana después de llover? ¿Has visto cómo brilla el sol? El amanecer después de una tormenta tiene destellos dorados, y cuando la luz del sol choca con el agua o con las gotas de lluvia que guardan los árboles, parece como si despertaras de un sueño. Así podría decir que se siente desahogarse. Es más bonito que desmayarse en un baño de un bar por andar mezclando cosas, o bueno, al menos para mí.

La tristeza siempre busca por dónde salir: se vuelve enojo, irritabilidad, se pudre. Para muchos, llorar pudiera ser símbolo de debilidad; para mí, alguien que llora es valiente, es fuerte, porque somos capaces de mostrarnos vulnerables, de dejarnos limpiar con nuestro llanto, de no esperar a desbordarnos. Porque eso sí: cuando te desbordas, uno no solo es el afectado; también afectas a tu alrededor.

En esta vida nada es línea. El otro día escuché una metáfora muy linda —ahora sí les debo la referencia porque no recuerdo ni en dónde la escuché—, pero decía: “El cielo siempre es azul; a veces hay tormentas, tornados, arcoíris, pero el cielo es azul”. En este momento, destensa esa mandíbula, no corras, respira. No huyas de tus emociones; a mi criterio, las emociones y los sentidos son aquello que nos hace conectar con el presente y recordarnos que estamos vivos. Sé que a veces pensarás que la vida es una “mierda”, pero no: la vida es bonita y ser humano es lindo; lo feo es el sistema y por eso hay que abolirlo. Pero primero lloremos para poder ser fuertes.

Te mando un abrazo.

Angélica Sánchez.

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