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Dark o los alcances del deseo (y la emancipación que supone el sacrificio)

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Amable lector, usted comprenderá que me hallo en un viaje sin puerto, que la escritura es un mar hondo con tormentas en el horizonte, que cuando uno abraza ciertas certezas que proceden del augurio resultan ser sombras que danzan alegres proyectadas sobre los resquicios de luz de algún farol que encuentra pantalla en cualquier pared, y que en esa danza también es posible encontrar el alimento del motor que mueve los engranajes inexpugnables del deseo.

Siento que Dark, esa serie tan denostada y señalada por quienes no quieren que se hable de su forma de vida (que es ver series esperando que la luz del sol como anuncio espectacular les diga que llegaron a algún lugar en medio de su desvelo) no es ni por asomo para «inteligentes» ni «maestros de la física cuántica» ni «cinéfilos» empedernidos ni lectores de mitos griegos que pescan cada referencia, sino para el que sabe ver lo que le muestran. No hace falta absolutamente nada de esas «cualidades» vanas. Dejen explicarme.

Hace años cuando vi la primera temporada noté que nos presentaba un bucle irremediable (o casi irremediable). Está claro que quienes la dirigen y la escriben quieren que se sepa desde el primer capítulo que el niño asesinado que aparece es Mads, el hermano de Urich, como que es Mikkel el papá de Jonas. Bastan los diálogos que comparte Inés en sus primeras escenas con sus compañeras de trabajo y los retratos de Mads junto a su familia que hemos visto en primeros planos.

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Esto no es obra de Lynch (por poner un ejemplo reconocible), no aspira a ser Mullholand Drive ni Twin Peaks ni nada parecido porque ahí todo se halla cuidadosamente codificado y no busca ser descifrado, sino vivido; Dark quiere ser vivida también, si, pero no busca ser compleja, todo lo nombra tarde o temprano para que uno vaya dándole forma al entramado atando cabo a cabo la cadena que toma una forma más bien finita que infinita.

Claudia es nuestra pasajera en tránsito perpetuo (o casi), navegante de ambos mundos, es la respuesta a las preguntas de nuestros protagonistas, la brecha capaz de romper a partir del sacrificio de el anhelo más inmediato la red que se trama a sí misma, red hilada por Jonas Y Marta, Adán y Eva respectivamente, uno que buscando destruirla y darle muerte le da vida, y otra que buscando perpetuarla, darle vida, le da muerte.

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Se hallan pues en una repetición infinita dónde el único agente capaz de ir de un mundo a otro (Claudia) reconoce el origen de esta barbarie donde todo está conectado, donde hijos y padres asesinan a su progenie en una canción macabra en la que cada voz entona y armoniza la conjunción de lo inevitable.

La inevitable paradoja del nacimiento de padres que tuvieron su alumbramiento a través de sus hijos, explicada por Tannhaus a varios de nuestros viajeros protagonistas: El principio es el fin y el fin es el principio, línea repetida hasta al hastío y no sin razón, porque ahí mismo residen las reglas del juego que ni Adán y Eva han entendido, que Claudia ha reconocido y nos nombra a los espectadores: El juego de las decisiones y la existencia que todos conocemos y vivimos, la brújula del deseo.

Y vaya, como si quisieran dejarlo aún más clarito los que la realizan nos regalan la escena que pone punto y que nos muestra a todas luces lo que hemos seguido por años: El nudo infinito que nos enseña que no hay puntos finales, sino seguidos, no hay líneas de salida, no hay metas, no hay rescoldo ni sombra que cobije, sólo camino que uno labra a cada paso.

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Explicado pues en el mundo origen, en el que Ulrich no existe porque es hijo de Tronte, y si Ulrich no existe tampoco Marta ni Magnus ni Mikkel, volvamos a Tronte, que es hijo de Agnes, y Agnes hija de Siljia, y Siljia hija de Hanna, fruto de su relación con Egon cuando ésta decidió viajar al pasado y hacer vida (o no) ahí. Peter no está casado con Charlotte porque ella tampoco existe, de tal manera que al llegar a Winden no la encontró en esa parada de autobús, de aquí que ni Franzisca ni Elizabeth existan, y de ahí que Elizabeth, que es la madre de Charlotte, tampoco haya conocido a Hanno (Noah), hijo de Bartosz y Siljia. Aleksander no está casado con Regina porque Claudia no desapareció, y Regina existe porque no es hija de Tronte, algo que se nos insinuó pero que Claudia aclaró, vaya, como termina aclarando todo.

Adán y Eva lucharon por incontables ciclos hasta que encuentran su emancipación anhelada: Los jóvenes unidos deshaciendo el nudo, los adultos en una soledad tremenda encontrando una paz que los aparta de su aciago e inevitable destino, y los ancianos encontrándose en una tregua al momento de partir de ese mundo y de esa vida que nunca debió ocurrir.

Si lo que conocemos es una gota y lo que ignoramos un océano, el mundo de nuestros protagonistas era ello mismo, una oscuridad inmensa con un farolito de luz en el horizonte, luz a la que finalmente pudieron llegar (y en la que se difuminan para formar parte de ella) caminando sobre sus propios pasos y no hacia adelante, ustedes saben, ese choque de espaldas en ese vórtice de luz donde se encuentran de niños, y que si acaso hacía en falta, nos enseña como siempre estarán unidos por ese hilo rojo el uno al otro, se han conocido y reconocido siempre y por siempre, siempre y casi por siempre, en el vaivén que marca el compás de lo que irremediablemente deseamos.

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Aprendió a leer a los cinco años porque su mamá ya no le quería decir cómo se llamaban las estaciones del metro cuando pasaban por ellas. Encuentra rostros familiares en la sección de vinos y licores a las 9 am de cualquier día laboral. Le gusta la bohemia pero le gusta más quedarse en casa viendo películas hasta que amanece.

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