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Un año sin Ingrid… y la agridulce deuda que queda

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La dignidad, según su definición, es la necesidad de que todos los seres humanos sean tratados con igualdad y se respeten sus derechos fundamentales. Hace un año, el 9 de febrero de 2020 el debate a partir del feminicidio de Ingrid Escamilla partía de eso: prevalecer la dignidad de la víctima.

El feminicidio de Ingrid no fue el primero en ocurrir en la Ciudad de México, tampoco fue el primero del 2020 -que cerró con 940 feminicidios a nivel nacional y de estos 64 ocurrieron en la capital-, pero sin duda ese crimen cimbró a muchas por la brutalidad y por la revictimización que ocurrió después.

En contexto: las fotos del cuerpo de Ingrid y el departamento donde se llevó a cabo el feminicidio circularon tan pronto como se dio a conocer la noticia.

El morbo, esa fatal característica, pudo más que la dignidad de una persona y fue así como las fotografías «ilustraron» las portadas de algunos periódicos, medios digitales y llegó a redes sociales. Incluso, a un año del hecho, al googlear «Ingrid Escamilla» la segunda búsqueda sugerida es «Ingrid Escamilla fotos».

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La primera pregunta sobre quién filtró las fotos fue rápida de responder: los policías que llegaron inicialmente a conocer del caso. No era una práctica nueva, no era la primera vez. Pero sí fue una de las primeras veces en que el reclamo por la filtración de fotografías tan delicadas resonaba fuerte en redes y en las calles.

Estas fotografías, arraigadas a la cultura de la nota roja que tiene más de 100 años en el país, parecía que fueron la gota que derramó el vaso que se extendió a varias manifestaciones en la Ciudad de México y otros estados, donde algunas protestas se realizaron frente a los propios medios de comunicación que compartieron la filtración.

A la par, las redes sociales se organizaron para contrarrestar el morbo y hablar con dignidad de Ingrid compartiendo fotos e imágenes positivas junto al nombre de la víctima.

Sin embargo, aunque Ingrid fue el estandarte de la protesta, el dolor más fuerte fue al pensar que si cualquiera de nosotras fuéramos víctimas de un crimen, nuestras fotografías serían compartidas, sin más, como cualquier otro hecho y sin ningún respaldo real de la ley.

Porque claro, aunque hombres y mujeres pueden encabezar las portadas y fotografías de los crímenes más crueles, las víctimas de feminicidio pasan por una capa especial de revictimización en la que el asesinato siempre se justifica.

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Luego de que se reavivaran las manifestaciones por la revictimización del caso de Ingrid, más que hablar de «las formas» correctas de protestar, llegó el momento de pensar, más bien, en «la forma» en cómo damos a conocer los casos, así como la responsabilidad que los medios -y redes también- tenemos.

Y es que sobre la nota roja -calificada a finales de 1800 como el «periodismo realista» en México- hay mucho qué debatir, hablar, pensar e incluso en este momento concreto no puedo tener una respuesta clara sobre ella, porque a veces ha sido la única que presenta los hechos más dolorosos de un país quebrado por la violencia e incluso sirve como contexto para ahondar en casos específicos o nutrir herramientas tan útiles como el Mapa de Feminicidios de María Salguero.

En esta deuda que queda con Ingrid, con Fátima, Mariana y con las miles de mujeres asesinadas, es momento de retomar la necesidad de tener perspectiva de género y un lenguaje y contenido que no revictimice, y que no solamente sea cuando el feminismo “está de moda”.

Ellas merecían seguir vivas y plenas. Ellas no merecían ser víctimas de alguien que se sintió con el derecho de arrebatarles la vida y en su honor, lo mínimo que podemos hacer es dar dignidad a los casos.

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