Cuando resulta complicado descifrar el género de una película

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“¿Qué tal, cómo le va?”, expresó el elegante caballero encargado del servicio a la habitación con una afable, auténtica y extremadamente cortés sonrisa apenas le abrí la puerta. “Pidió servicio a la habitación, cierto”, preguntó.

Contesté, “pasa por favor”, con mi inglés y fisionomía nada estadounidenses. “Y, ¿de dónde es usted?”, me preguntó el empleado del hotel al mismo tiempo que ingresaba al cuarto muy alegre y gustoso de realizar su trabajo, caminando casi al ritmo de un baile, sosteniendo una charola plateada que contenía mi cena.

 “Soy mexicano”, le respondí. “Oh ¡qué bien! aquí está su orden”. Me dijo mientras señalaba la charola que colocó cuidadosamente en la mesa junto a la cama, mientas los dos permanecíamos parados a media habitación.

¡En serio! ¿Va ganando Trump?”, dijo mientras veía la televisión con su característica sonrisa, pero ahora a modo de preocupación. “¿Puedo esperarme hasta que salga si va ganando en Michigan?”, me preguntó. “Sí, claro”, contesté.

Los dos nos sentamos al pie de la cama, y a los pocos segundos aparecieron las cifras de Michigan: Trump a la delantera. “¡No puedo creerlo! Yo soy de ahí, porqué están votando por este tipo. ¡Aquí en Georgia también va ganando! Es increíble”.

Dicho lo anterior, se levantó de la cama y me preguntó: “¿Cuál es su nombre?” “Me llamo Luis ¿y tú?” “Yo soy Derek”, respondió el hombre de unos 27 años, estatura media, complexión delgada, y sí, afroamericano; como la mayoría de la población en Atlanta. Acto seguido, nos despedimos cordialmente, yo le deseé buenas noches y él a mí una feliz estancia.

Era la noche del martes ocho de noviembre de 2016, que no sólo fue la primera vez que visité tierras estadounidenses, también fueron las elecciones presidenciales de aquel territorio; esas que calificaron de históricas; esas que ganó el ahora presidente repudiado a nivel mundial, señalado como proteccionista, xenofóbico, ignorante, violento y, por algunos, hasta racista.

Recientemente recordé aquel día porque hace poco vi ¡Huye!, la cual a escasos cinco minutos de iniciar, se revela que el racismo será una problemática fundamental en la historia. Tan así, que al ver la primera escena también vino a mi mente aquella simpática película llamada Adivina quién viene esta noche, estrenada en 1967.

Esta comienza cuando un matrimonio bien acomodado de San Francisco recibe a su hija de visita, acompañada por un médico afroamericano con quien contraerá matrimonio. Inmediatamente, el padre considera que éste fracasará por la presión social.

Algo así ocurre en ¡Huye!: inicia con una pareja -hombre afroamericano, mujer blanca- enlistándose para pasar un fin de semana en casa de los padres de la chica. Al llegar, se ven afectados por actitudes racistas que resultan incómodas, medio confusas, perturbadoras y hasta peligrosas.

Si bien este comienzo expone la denuncia de una sociedad estadounidense que no deja la discriminación racial, el filme sólo toma este pretexto para ofrecer una historia compuesta por extraordinarias actuaciones que ofrecen pintorescos personajes, así como coloridos escenarios, contrastantes con la lúgubre ambientación sonora y una aterradora orquesta al estilo de las películas de horror clásicas.

Esto y el ritmo del filme mantiene al espectador atento a la historia, la cual conforme avanza se vuelve más transparente para poco a poco llegar al clímax. Además, la comedia convierte a ¡Huye! en una película imposible de enfrascar en un sólo género, pero fácil de disfrutar una y otra vez. Como si estuvieras hipnotizado.

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