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Juego de libertad

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— ¡Te quiero

Eso fue lo que mi madre dijo con lágrimas de emoción en los ojos ese día que me dejó viajar a aquella casita vieja a las afueras de la ciudad.

En aquella época yo tenía 6 años y cursaba primero de primaria en una escuela muy grande donde mis papás, mes con mes, pagaban una fuerte suma de dinero para que me dieran acceso a “educación de calidad”. Y funcionaba: yo era el mejor de la clase, porque sabía hacer sumas de más de dos dígitos.

Lo que nunca aprendí fue estar lejos de casa. Y en esa ocasión sí que lo estaba, o eso me parecía, porque cuando subí en la camioneta con aquel señor y vi a Camila durmiendo en un asiento supe que el camino sería largo y cansado. Perdí la noción del tiempo y me quedé dormido, así que cuando desperté, la noche ya había caído, por lo que el señor nos cargaba a la otra niña y a mí para bajarnos de la camioneta.

La niña despertó llorando porque tenía hambre; yo también quise llorar, también tenía hambre, pero aguanté porque la cara del hombre —cuyo nombre nunca conocí— me daba miedo. Le hice señas a Camila con la mano para que se callara y entramos a la casa.

Sorpresivamente, ¡no era una casa! Estaba muy lejos de serlo: no había patio, ni mascotas, tampoco había más niños; ¡nada! Sólo pude ver tres cuartitos y en uno estaba Martha, la señora que se haría cargo de nosotros mientras jugábamos.

Esa noche, Martha nos mandó a ambos a dormir al mismo cuarto en el que solo había un colchón para los dos. Nos dijo que al amanecer podríamos jugar y sin decir más se despidió de aquél hombre y cerró bien la puerta.

A la mañana siguiente Martha nos dio un poco de leche y un pastelito de chocolate. Camila devoró lo suyo y pidió un poquito de lo mío. Yo compartí, sin chistar porque el postre estaba duro y la leche tenía grumos. En ese momento quise volver con mamá, pero supuse que estaría trabajando… al parecer los adultos solo hacen eso: trabajar. No me molesté en decirle a doña Martha que me llevara con mi mamá; además, yo no sabía cómo llegar a casa, así que preferí preguntar:

— Señora, Martha, ¿podemos ir al parque hoy?

Ella respondió con otra pregunta, al parecer estaba molesta.

— ¿Me ves cara de niñera?

No, definitivamente tenía cara de todo, menos de niñera, así que no insistí.

— Si quieren jugar, juguemos a que ustedes se quedan callados mientras yo los observo. Quien gane tendrá derecho al premio que quiera.

Camila y yo aceptamos, aunque de mala gana, y nos fuimos al cuarto a buscar con qué jugar. No, tampoco había juguetes. Eso era como un infierno para nosotros. ¡Ni siquiera había televisión! Pero decidí que aceptar el juego era mejor, si algo me gustaba era ganar. Camila sólo me miraba; ahora me dan escalofríos cada vez que recuerdo sus ojos. Al parecer su mamá no la había dejado ir a esa casa, o tal vez extrañaba mucho a su familia. No lo sé, pero no la culpo.

En la que fue la segunda noche en esa casa, inventamos un lenguaje de señas para poder comunicarnos sin perder el juego, eso no era trampa. Yo ya había pensado que, si ganaba, pediría volver a casa porque éste lugar era feo y no se podía jugar ahí. Quería volver a mi escuela, correr con mis amigos en el patio, trepar árboles o llegar a casa y mis videojuegos.

Sin embargo, los días pasaron y en uno de ellos sucedió algo inusual: el hombre que nos llevó a ese lugar apareció, habló con Martha y le dijo que todo estaba listo.

— ¡Memo, ven para acá! —gritó Martha.

Me hicieron contestar la llamada de un celular. Era mamá.

— ¡Te quiero, mi amor! Ya pronto te veré, te lo prometo

— ¿Estás bien, mamá?

— Ya, ya, niño. Vete a tu cuarto.

Martha me quitó el teléfono. No pude decirle a mamá que ya viniera por mí.

No sé por qué tenía la voz entrecortada, si precisamente ella me había dejado ir a esa casa, aunque… ¿en realidad ella me había dejado ir a esa casa? Acepto que no me portaba muy bien en la escuela, ¿pero merecía ese castigo por haber vaciado una botella de pegamento en la cabeza de Daniela?

Después fue el turno de Camila. En cuanto ella salió del cuarto en el que nos tenían, caí en la cuenta de que había perdido el juego, pues había hablado con mamá. Seguramente Cami estaba contenta por pedir su premio. Pero algo pasó mientras hablaba con su mamá porque escuché que el hombre de la camioneta comenzó a gritar e insultar a Camila, quien no dejaba de llorar.

De repente, un ruido veloz cortó el aire y todo se calmó. Yo no estaba seguro de lo que había pasado. No, no estaba seguro.

Camila ya nunca volvió a llorar, ¡qué suerte para ella! Mis horas de llanto apenas comenzaban. Pero no me dejaría vencer, yo quería volver con mamá. Salí del cuarto y vi a Camila en el piso cubierta de sangre y a Martha a un lado, preguntándole al hombre sobre lo que harían después.

—Hay que regresarla a su casa, carajo. Ya sabes qué hacer. Y por el otro escuincle ni te apures, tiene los días contados aquí, porque su mamá no afloja el varo— dijo él.

¡Con que esa era la única forma de salir de ahí! No podía ser, ¿por qué mamá me habría dejado llegar a ese lugar? No, ¡mamá jamás me haría eso!, debía encontrar la forma de salir vivo.

Y tras varios días ideé un plan para salir. Sólo debía esperar a que Martha durmiera y así poder escabullirme. Y eso ocurrió una tarde en la que ella enfermó de gripe y se quedó dormida. Yo temblaba de miedo, pero representaba mi única oportunidad. No encontré obstáculos en el camino, pero al llegar a la puerta, el hombre estaba ahí.

Creo que me hice pipí en los pantalones, comencé a llorar y gritar lo más fuerte que pude, pero el señor me golpeó y perdí el conocimiento. Cuando reaccioné, sentí el movimiento de un auto. Me llevaba a algún lugar en la camioneta, a mi destino, seguramente.

Pensé en mamá y ahora puedo pensar en el último día que la vi. Estábamos en el parque, llegó ese señor en la camioneta y me separó de ella. Mamá forcejeó y resultó herida. Ella luchó, pero fue inútil; me llevaron a ese lugar. Yo tenía razón, mamá no me dejó ir, eso me hicieron creer Martha y ese hombre.

Pero ya no importaba, la camioneta aminoró su marcha. Pensé en Camila y en el premio que habría pedido si hubiera ganado, quería ver sus ojos con vida, no sin luz como cuando estaba tirada en el piso de aquella casa.

La camioneta se detuvo, habíamos llegado a mi destino…

— ¡Te quiero!

Eso fue lo que mi madre dijo, con lágrimas de desesperación en los ojos, aquel día que me separaron de ella y me llevaron a una casa vieja en las afueras de la ciudad.

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Redactora de a ratos, creativa de siempre. Ama las plumas de las aves y cree que con ellas se puede escribir una nueva historia cada vez. Le gustan los altos vuelos porque desde arriba la perspectiva es mejor para relatar el mundo.

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