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El llamado a la normalidad

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Ha pasado más de una semana desde el martes 19. Más que hablar de lo que pasó durante el sismo, destaco lo vivido antes y después. No trabajo en la CDMX, sino en el Estado de México y si algo pude notar, es que aquí nadie vivió el mismo sismo. Estas letras plasman lo que pasó donde “nada pasó”.

El 19 de septiembre, por la mañana, platicaba con mi novio sobre las cosas que me daban miedo del edificio en el que está mi oficina en caso de un movimiento telúrico; tal vez peco de exagerada, pero le contaba cada detalle al respecto, hasta lo poco práctico que me parece pasar por un lector digital mi credencial de acceso al edificio hasta para entrar a los sanitarios. Claro, lo hablaba –de forma hasta ese entonces despreocupada– con motivo del simulacro cancelado en el Estado de México, a 32 años de lo que nadie puede olvidar, aunque no lo haya vivido.

Quién iba a pensar que horas después cada comentario realizado me iba a ser tan útil, hablarlo antes me ayudó a actuar en el momento. Afortunadamente, ese mismo día nos habían notificado cuál es nuestra “zona segura” en caso de emergencia, pero siempre teniendo en mente que aquí no pasaría nada. Sorpresivo saber que el área segura está fuera de las instalaciones, nada dentro del edificio. “¡Y yo en tercer piso! (de cuatro existentes)”, pensé.

La cita con el destino llegó como una broma de pésimo gusto y, después de lo que pareció una eternidad, todo volvió a la calma, pues la zona donde me encontraba no tuvo afectación alguna. Sin embargo, lo único en lo que pude pensar mientras evacuaba el edificio fue en la ciudad, mi familia, mi pareja. Casi todos estaban allá y mi lógica decía que, si en zonas altas del Edomex el sismo fue bastante fuerte, en la ciudad… bueno. Lo que ahora sabemos.

Horas después de la movilización de la sociedad civil por todos los frentes y, tras hacer home office el día posterior (pues la información útil no podía detenerse por ningún motivo), recibimos un llamado para volver a la normalidad.

Cuando volví a las calles, el jueves 21 de septiembre, pensé que solamente encontraría buenas acciones, centros de acopio y sonrisas de personas desconocidas que se organizaban para ayudar. Y así fue. Pero si hubo algo que no pude comprender desde que puse un pie fuera de casa, fue la existencia de comentarios desatinados lanzados al aire, como si no tuvieran repercusiones, de aquellos que afortunadamente no tuvieron afectaciones de ningún tipo, ni siquiera emocional.

Afortunados aquellos que ven lo que pasó como algo ajeno, afortunados porque familia y amigos no tienen motivos para pisar la ciudad, afortunados por pensar que La Roma, La Condesa, Tlalpan, Xochimilco, Lindavista, Coyoacán, Centro Histórico y toda la capital dista completamente de su realidad. Afortunados si en verdad es así. ¿El resultado? Rechacé ese primer llamado a volver a lo cotidiano porque, como a muchos otros les pasó, pese a no haber perdido nada, el duelo estaba presente a cada paso que daba.

Llegó el fin de semana con un susto más el sábado por la mañana. Y luego, con toda la fuerza que la voluntad permite, el lunes, junto a todos los estudiantes que volvieron a las aulas, fue momento de “volver a la normalidad” porque no hay tiempo para sentirse mal, porque todo debe ser como antes, porque hay a quienes les funciona pretender que nada pasó.

Pero, ¿qué es normal ahora? ¿Percibir movimiento incluso cuando no lo hay? ¿Volver a lo trivial, a lo frívolo y a la falta de empatía tras hacer un donativo? ¿Pensar que el problema sigue allá y solamente allá? Para ser honesta, por más esfuerzo que realice, no puedo recordar el sonido de la alerta sísmica, a pesar de haber vivido algunos sismos en el entonces Distrito Federal; sin embargo, el domingo presencié una tarde lluviosa acompañada de un abrazo largo y en el cielo apareció un arcoíris, como un aliciente a la devastación, como un buen augurio, tal vez.

Ojalá que esa “normalidad” a la que tantos quieren que volvamos lo más rápido posible sea, en el mejor de los casos, que la ayuda y la unidad no nos sean ajenas, que de ahora en adelante sea eso lo “normal”.

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Redactora de a ratos, creativa de siempre. Ama las plumas de las aves y cree que con ellas se puede escribir una nueva historia cada vez. Le gustan los altos vuelos porque desde arriba la perspectiva es mejor para relatar el mundo.

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