Daisy conoce a Freud: Nick y el Psicoanálisis

28 marzo, 2017

Detengo el auto en el semáforo en rojo. En algún lugar entre el freno de mano y el asiento delantero, debo llevar conmigo una caja de delincuentes casi vacía. La cajetilla llena se encuentra en el bolsillo de mi chaqueta, no precisamente mental. Estoy bastante nervioso y a pesar de mantener las piernas abiertas, puede sentir mis huevos húmedos, casi temblando. Es el efecto de saber que con cada metro avanzado, estoy más cerca de verla.

La historia es prometedora, grotesca, cachonda. De tan amarilla que está, cualquiera creería que sufre de hepatitis; más que de recovecos perversos con tintes religiosos y dominación. Brutales. Me encuentro alarmado y consternado. Insanamente fascinado. Una parte de mi quisiera pisar a fondo el acelerador para explotar el motor de este viejo Toyota, tomar la carretera al Norte y huir muy, muy lejos de Zelda. No pienso ser el pobre Gatsby ahogado por sirenas.

No lo hago. También soy débil. Un pobre bufón más de las letras.

El resto de camino lo hago de forma mecánica. Mis huesos me guían conscientes del viaje. No tardo mucho antes de llegar al lobby del Hotel de nuestras citas, con una sonrisa más o menos pendeja que me deja parecer como un adolescente pacheco en espera de la única caja abierta del Oxxo para comprar condones. No me retiro los lentes oscuros hasta que llego al salón en donde todas las miradas se centran un momento en mi persona, para luego pasar monumentalmente de mi aspecto vago para seguir con su obligado lamento. No me detengo una vez que veo al Gobernador Yee a un lado de su joven esposa, aunque soslayo me percato del inciso en su mirada. Mala carta. La presencia de su cornuda lo tendrá que mantener ecuánime y discreto a menos que prefiera el escándalo de una larga lista de adolescentes de preparatoria pagadas para mal coger en la nota fúnebre.

Yo solo quiero obtener el final de mi historia.

Al fondo del pasillo se encuentran los tres, como cabría de esperarse. Prudentes cada quien a su forma, escandalosos sin poder evitarlo. Cuando llego a su lado, ninguno de ellos se preocupa por cambiar la charla.

—En primera —el Psicoanalista, profundamente entregado a esconder la molestia, prosigue— yo no he afirmado tal cosa. El karma solo es la forma en la cual se expresan aquellas mentes inferiores que necesitan dejar el destino del porvenir en manos de una consciencia superior e independiente.

—Como el destino —apunta el Culto, dando un trago a su bebida. Whiskey, puedo adivinar. Perfecta ocasión para beber de forma gratuita algo diferente a la misma mierda enlatada de siempre, sin tener que pagar por ello.

—Exacto —sin necesidad de mirarlo, puedo advertir el gesto del Psicoanalista limpiando sus lentes de pasta—. El término que utilizas no solo es incorrecto, sino que demuestra tu necesidad de evasión respecto al suceso.

Sonrío. Lo curioso de la evasión, es que el Psicoanalista jamás se da cuenta cuando la utiliza. Años después, aún no consigo entender cómo a pesar de su manía maniaco-obsesiva por criticar lo mundano; se empeña a ser de lo más cliché y banal, con sus sacos tweed para esconder la gordura, su estilo casual y su estrafalario gusto por Dalí y Buñuel, parece estampa más que persona. No me extrañaría si un día lo encuentro dentro de una caja de cereal.

El Culto lo sabe, por eso no esconde la risa. Hace mucho que no se preocupa por parecer incongruente a ninguna situación. No puedo culparlo del todo. A pesar de que quiero golpearlo la mayor parte del tiempo por mamón insufrible, acepto: el mundo no necesita más Sheldons Cooper.

—Entonces, ¿niegas la existencia del karma debido a su falta de veracidad científica?

Puedo intuir su juego. El Psicoanalista, no. Su superioridad intelectual le permite hacer uso del sarcasmo como arma; y aún en su estado más primitivo, siempre se las ingenia para recibir laureles o al menos, comentarios de júbilo. Me parece extraño que no tenga gusto por las redes sociales. Es seguro que con su ingenio, recibiría bastantes likes.

—Me pesa repetirme, pero así es.

—Como el Psicoanálisis, entonces.

Esta vez he sido yo quien se ha reído. Considero, buena falta me hace, además de que lo encuentro necesario. Somos el cuarteto más patético de todo el salón; aquel que se perdió entre los mismos muslos por más de una década. Ante algo así, la cultura, los análisis y la lingüística solo son fantasmas ruidosos escondidos detrás de nuestra oreja.

—Joaquín, ¿traes cigarros?

El Músico. Por un momento hasta me olvidé de su existencia. No es extraño que lo pida; normalmente no tiene dinero para nada. No que yo esté en mejores condiciones, pero hasta yo puedo servirme de tabaco para mis sustos. Aún así, acepto con un asentimiento, dirigiéndome con él hacia el balcón. De reojo, puedo mirarla; pálida y hermosa. Su sola visión contrae mi corazón. Necesito un minuto para respirar el aire tóxico de la muerte, fuera.

Lo que me gusta del Músico es que no habla. Se limita a acelerarse el cáncer en grandes bocanadas mientras sus recuerdos vagan, posiblemente, en alguna canción de quinta que escribirá en su honor. A ella le gustan sus canciones. Por lástima, cabe señalar. Supongo que él lo sabe tanto como yo sé, de los cuatro soy el menos querido.

—Hablaban de su madre —me dice una vez que el cigarrillo está por terminarse, método infalible para liarse otro par.

—Es normal que lo hagan en estas circunstancias.

Yo no quiero hablar del tema. No quiero pensar en cómo esa pérfida hada gonorréica de muslos suaves se atrevió a cambiarlo todo por un par de billetes. No quiero hacerlo porque entonces me cuestiono a mí mismo: no soy mejor que ella. Yo también he vendido el culo de mis crónicas a la cifra más larga del más riatón postor.

—Dicen que era de esperarse que algo así sucediera, tomando en cuenta su contexto.

Yo asiento. No quiero decirle que esa es una muy grosera mentira. Ninguno de nosotros había esperado absolutamente nada. Fue por eso que ninguno de nosotros lo vio venir. Por un momento, él parece entenderlo y guarda silencio, pero cuando su mano se extiende de nuevo a la cajetilla, renueva su ánimo parlanchín.

—Fue el Gobernador quien la encontró.

—Era de esperarse —contestó, de forma agria. Su amante. El hombre que pagaba su renta.

—Ya estaba fría entonces.

Cierro los ojos, pero no puedo verla con claridad. Hace una semana la he visto, pero ya he olvidado su sonrisa. En contraste a ello veo solo su silueta; colgante y marchita, en espera a ser descubierta. La sangre me sube a la garganta, me escuecen los ojos. El filtro del cigarro está húmedo en mis labios. Ella está ahí dentro, muerta y sola; rodeada de personas incapaces de comprenderla y ni siquiera la muerte será capaz de entender esa tristeza.

—No fue suicidio.

No es su voz, tampoco el tono. Son sus ojos mientras lo afirma. Del impacto, he dejado caer el cigarrillo. Me quema la panza. No pienso moverlo.

—Muerta, se parece mucho más a mi mamá.

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