Segunda parte

Ella no recuerda nada. No sabe por qué está ahí. 

Sus manos tiemblan, su cuerpo se retuerce de miedo. Le han dicho que con el jefe no se juega, que es un cabrón y que las muchachitas que no cooperan no duran mucho. Está atada de pies y manos. Su ropa desgarrada muestra el cuerpo de una niña, temerosa, frágil, que llora y suplica por ver a su madre.

Ellos se ríen, ignoran el dolor de aquél que sabe que jamás volverá a ver a los suyos. Qué ganas de verlos una vez más para despedirte, decirles adiós con calma y no para siempre. A ellos qué puede importarles si no tienen a nadie, si su vida es un vaivén en el infierno. 

Mientras caminaba rumbo a su casa, un auto de vidrios polarizados se detuvo a su lado. Luchó por mantenerse de pie, gritó, rasguñó, hizo todo pero fue en vano. Ése fue el último día que la vieron.

Está tirada sobre el piso, encerrada con cuatro chicas más, todas ellas ocultas tras una densa capa de maquillaje que oculta su infantil rostro. “Aquí hay que parecer ya toda una mujercita, resaltar el cuerpo, vestir para los clientes que son los que les van a dar de tragar, así que obedezcan o les toca ‘El Caimán’. ¡Abusadas, eh, que una de esas se las viene comiendo el jefe!”, dice entre risas el hombre encargado de cuidar que no escapen.

Bastaron esas palabras para que las demás mujeres se levantaran inmediatamente, arreglaran su escote, se colocaran sus altos tacones y salieran de ese oscuro cuarto con  la promesa de conseguir, a como dé lugar, la cuota de cinco mil pesos diarios que su “padrote” les exige. 

         -¡Yo no lo voy a hacer y no me importa lo que hagan!

         -Ah, con que no lo vas a hacer. ¡Ahorita vas ver cómo te van a dar ganas de cooperar, hija de la chingada!

La toma por el cuello y, a empujones, la lleva hacia un pasillo. En el fondo de éste yace una puerta, grande, de metal, con una enorme cerradura que seguro es imposible de romper. Entre más se acerca a la puerta comienza a escuchar los gritos de una mujer que suplica por su vida. No alcanza a dimensionar lo que estar por ver, lo que sucede detrás de aquel muro de libertad.

A la vez, escucha agua, mucha agua, como si estuviera cerca de un río y éste desembocara en el lugar en el que se encuentra raptada. Nada tiene sentido. ¿En dónde estoy? 

Abren la puerta y lo primero que ven sus ojos en un enorme caimán, un reptil de 80 kilos y cuatro metros de largo. Se encuentra en un estanque, hambriento, pues su dueño no lo alimenta desde hace una semana. Pero hoy es el día, ya cayó la primera víctima. La que no trajo la paga completa.

Si mediar palabra y pese a las súplicas, El Caimán, como es apodado este proxeneta de Tlaxcala, avienta a la mujer hacia el animal, como si ésta fuera un pedazo de carne, hecha para saciar la sed de sangre. 

El espectáculo termina con aplausos del jefe quien está feliz por reprender a aquella fémina que lo desafió. Voltea la mirada hacia la chica nueva, quien no da crédito a lo sucedido. La observa de cerca, revisa cada centímetro de su cuerpo y la felicita por haber sido elegida para trabajar con él. “No cualquiera está aquí… seleccionamos a las más chulas”. Termina esa oración y se retira de su “centro de diversiones” para continuar atemorizando a quien se cruce en su camino.

          -Y tú ¿qué decías? Que no le ibas a entrar a esto o ¿qué?

Silencio. Una lágrima recorre su mejilla. ¿A cuántas mujeres habrá devorado El Caimán? No lo quiero imaginar, no quiero ser una más. ¿Qué queda? Vivir, no hay de otra, soportar el calvario de llegar al cielo o al infierno.

Su madre la busca, promete encontrarla así se tarde toda una vida. Se inclina ante un altar y seca sus lágrimas con el pequeño pañuelo que carga consigo desde hace días. Aprieta sus manos, no sabe si de coraje o devoción. Reza, le pide a Dios que la traiga de vuelta.

Padre nuestro que estás en el cielo/¡por qué a mi niña!/ santificado sea tu nombre/ hubiera sido yo y no ella/ venga a nosotros tu reino/ no la dejes vivir ese infierno/ hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo/ ¿Dónde la busco? Ayúdenme, por favor/ danos hoy nuestro pan de cada día/ dame fortaleza porque no se vale lo que me hiciste/ y perdona nuestra ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden/ ellos me dicen que seguro se fue con el novio/ no nos dejes caer en la tentación/ yo no les creo, no voy a dejar de buscarte/ y líbranos del mal/ regresen a nuestros desaparecidos. Amén.

Primera parte

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Periodista con gusto por la antropología. Escribo hasta que las palabras se me agoten. Amante de la fotografía, los viajes y las letras. Busco contar historias que vayan más allá de un "érase una vez". He colaborado en sitios como Notimex, A21, Contacto en Medios y el GACM.

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